Esa mañana, cuando despertamos, éramos dos en la cama. Al abrir los ojos, un lejano rumor me hizo tomar consciencia de que por la noche, dentro de mí, habían vivido dos personas al mismo tiempo. La sensación duró un par de minutos y luego se perdió entre las sensaciones rutinarias que uno tiene al despertarse. Se mantuvo lánguida durante el resto del día, como un eco que vive detrás de los pensamientos: quizás más alla de donde estos se generan. Darle cabeza se me hacía imposible: ¿Qué significaba ser dos mientras se vive siendo uno? ¿Quién era el otro? O lo que más parecía excitar a mis sentidos: ¿Era yo el otro? Los días consecutivos pasaron sin ninguna eventualidad. Al despertar estaba más consciente de lo usual: pendiente de reconocer la presencia que me había visitado días atrás. Los sueños, si es que sucedían, eran los mismos de siempre: construcciones mezcladas de la imaginación y la realidad: no dejaban el sello que dejó la primera sensación sobre los ojos (una especie de pegajosidad que no se borra con frotar el agua sobre los ojos). Cuando el eco fue muy lejano como para recordarlo, volvió a suceder. Esta vez mientras estaba despierto. Ví al otro caminando sobre cuatro patas a mi costado izquierdo. Llevaba la mirada hacia abajo y el rostro muy cerca del suelo: como olfateando lo que ahí estaba. No hubo necesidad de preguntar nada por que el reconocimiento fue suficiente para traer el eco al momento presente: como una sacudida instantánea o como la invasión de la luz blanca de un bombillo en una habitación totalmente a oscuras. El miedo me mantuvo despierto por unas cuantas horas más y cuando, a la mañana siguiente, volví a despertar recordé que no había por que temer al viejo visitante que ha vivido conmigo (o dentro de mí) desde muchos años atrás. La familiaridad sustituyó al miedo y el alivio vino de reconocer que es mucho más fácil vivir con la primera que con la segunda. Lo que habrá que hacer es mantener el nivel de atención lo suficientemente afinado como para no volver a olvidar y además: no tener que pasar por un asalto como el de esa mañana y el consecuente estremecimiento que otorga la noche.
domingo, 28 de agosto de 2011
domingo, 7 de agosto de 2011
Ver y observar
Si por sus ojos fuera, ya estaría aplastado debajo de las miles de placas que ve cargadas sobre su propios hombros. Sin embargo, si no fuera por sus ojos no tendría la oportunidad de observar los pequeños encuentros que hay entre su mundo y, el que cree, es el mundo de todo lo demás. Aunque partan del mismo lugar, ver y observar nunca han sido actividades idénticas. Requieren, del sujeto, ánimos completamente diferentes. Esto no era de su conocimiento; aunque su cuerpo sí sabía sentir (y distinguir) la diferencia entre ambas. Veía su pasado, veía lo que le obligaba a acercar sus manos, a su boca. Veía cómo lo revivía una y otra vez hasta que consiguiera desgastarse por completo. Esto lo veía la mayoría del tiempo. Aún así, su cuerpo (su más fiel compañero) observaba como bajaba el café, cálido y reconfortante, por su garganta. Observaba cómo existía armonía entre la música que escuchaba y la forma en la que se desenvolvía la energía de la misma dentro de su pecho. Observaba que estas ventanas, por más fugaces que fueran, se abrían y abrían un nuevo tiempo de vida en él. Observaba que podía vivir de nuevo, sin pasado, sin futuro. Así se le iba la vida viendo y observando cosas distintas. Oprimido por los ojos que ven desde adentro hacia afuera; liberado por los que, desde afuera, observan hacia adentro. Pasó que su piel pudo sentir la lluvia acercándose desde los lejos. La escuchó danzar sobre su jardín. La tentación de sacar la cabeza por la ventana y ver la lluvia (la que cae de arriba a abajo, la que en algún momento cesa, la lluvia de siempre) era grande. Se contuvo y decidió observar. Observar la lluvia sin verla era lo que él necesitaba. Decidió ocupar estos ojos y no los que sólo veían para ver y observar las cosas. A los otros ojos, después de sacarlos de sus órbitas, los guardó en un frasco. Ahora siente compasión al verlos por que también los está observando.
domingo, 17 de julio de 2011
Mañana
Lo curioso de la luz de la mañana es que su claridad sea antagónica a la porción de realidad que le concedo. No importa cuán clara sea la luz, por la mañana cualquier suceso puede significar la continuación de un sueño. Es por eso que no me resultó sorprendente notar que las ramas y las flores de las veraneras giraran en el mismo sentido y de la misma forma que yo lo hacía mientras tomaba el desayuno mirando hacia el jardín. Con lo tenue de la tarde, el suceso se hizo más pesado: más real. Por la noche, ya era lo suficientemente real como para quitarme la tranquilidad del sueño. A la mañana siguiente, tomé el desayuno en el mismo lugar de siempre y todo volvió a suceder; esta vez con más intensidad. La claridad de la mañana puede resultar extenuante cuando toma como punto de partida la perfecta comunión con la noche. El jardín completo era un reflejo exacto de mis movimientos por las mañanas y, sin ojos, ni arrugas; también sabía representar el ánimo (mezcla de maravilla y horror) que se gestaba dentro de mí mientras era testigo del suceso. El desgaste que sobrevino con la inútil tarea de comprender a las mañanas por las noches, agudizó mi sensibilidad a los elementos del jardín y pude descubrir que detrás de todo aquello existía una composición armoniosa, única y perfecta, que invitaba a descubrir la unicidad de la Naturaleza a través de la imitación de los movimientos. Una última mañana, posé mis pies descalzos sobre la tierra húmeda y al mirar hacia el cielo pude sentir como todo el cielo, en su vasta inmensidad, estaba mirando únicamente hacia mí. Desde entonces, para tomar el desayuno mirando hacia el jardín, para sentir el suave trazo de la brisa matutina acariciando el pecho, no tenía más que cerrar los ojos en cualquier parte del mundo a cualquier hora del día. La mañana la llevaba adentro de la misma manera que la mañana me ha llevado a mí desde el origen del tiempo.
jueves, 30 de junio de 2011
Su mirada, la mía
El miedo que sentía hacia usted se fundaba en su mirada. Un par de ojos bien armados, claros como el agua y lo suficientemente transparentes como para ver la imagen propia viviendo detrás de ellos. Su voz y la piel que se extendía sobre sus brazos eran el tiro de gracia: adornos que intensificaban lo que usted acentúaba cuando arqueaba los ojos y miraba hacia mi rostro, con toda la intención del mundo. Ahora he aprendido que el miedo que usted me provocaba no era otra cosa más que el miedo que yo dirigía hacía mi persona cuando dedicaba una tan sóla noche a explorar lo que reside adentro de mi tórax y que es lo mismo que hacía oscilar mi voz entre frecuencias que, en aquellos momentos, desconocía. No eran sus ojos los que estaban dotados de un terror característico, eran los míos que se aterraban de descubrir en los suyos que lo que usted había visto (aquello que le había dado ese matíz a su mirada) podía ser también mío, si tenía el suficiente valor para reclamarlo. Después de hacer mío este conocimiento, comprendí que era una misma Noche la que nos atravesaba (a usted y a mí, a su cuerpo y al mío, a su voz y a la mía). Que la luz de la mañana nos bañaba y nos poseía de igual manera, que entre usted y yo existe la maravilla de un Universo en común y que es tan alcanzable como lo es cualquier copa a la altura de las manos. El miedo se hizo complicidad y la complicidad se volvió gloria cuando nos volvimos a ver a plena luz de la mañana y supimos que el uno era el otro y que juntos residíamos bajo un mundo que es más pequeño de lo que parece y que, sin embargo, se sabe y se siente como lo más grande que jamás hayamos podido contener dentro del pecho.
lunes, 20 de junio de 2011
Asesinar al dios que mora en el tiempo
Cuando mi papá habla de dios se le hinchan las venas y la sangre se apresura a presionar las paredes de sus mejillas. Esto me parece muy curioso por que cuando yo hablo con el mío los ojos se me pierden en las órbitas y me encuentro en un estado de inalterable serenidad. Es fácil concluír que no hablamos con el mismo. El dios de mi papá va de un tipo, obviamente superior, que llena al cuerpo de pasión y la boca de palabras que siempre suenan ajenas, como robadas. El mío (y digo 'mío' no con propiedad, sino haciendo referencia que es al que a mí me visita), al contrario, me llena al cuerpo de un líquido azul parecido a un océano de petróleo y la boca la cierra para no dejarla hablar. El de él, por lo que he escuchado, es un dios de los días cotidianos que llevan implícitos la promesa de días mejores, de unos días que no son estos. El mío habla de estos días. Me hace observar. Y aunque me visite a diario, tiene la habilidad de tomar a la cotidianidad por asalto. El que me a mí me visita me ha hecho ver la luz y la oscuridad por lo que son. No me ha prometido nada, pero me ha dado todo. El que a mí me visita me ha hecho ver que el que visita a mi papá, no mora en su pecho: sino, en algún lugar de su pasado desde dónde tira de las cuerdas que ahí encuentra para hacer hablar a mi papá con el odio con que habla. Cuando finalmente le hablé a mi padre sobre mi visitante, lo tomó muy mal: No le pareció correcto que le dijera que el mío no hiciera distinción entre el bien y el mal y que, en cambio, hiciera de la negación la principal de las premisas. El que me vista me explicó que para que mi papá abriera los ojos a su presencia debía, en primer lugar, asesinar al dios que mora en el tiempo que, a su vez, se extiende en la cabeza de mi papá. Le pregunté si yo era el indicado para la tarea. Sonrío y me dijo que no todos los días los hijos estaban dispuestos a cortarle las cabezas a sus padres. Me sonrojé y me dijo que, por el momento, era mejor sólo platicar.
sábado, 11 de junio de 2011
Sonreímos y nos sumergimos en el mar
El parabrisas era el marco en dónde se dibujaba un cielo celeste encogido por una masa robusta de nubes blancas. La luz de las once de la mañana iluminaba la carretera que debíamos seguir para llegar a nuestro destino. De ambos lados del automóvil, la vegetación, caracteristica de la zona, se volvía una pared verde y amorfa que parecía empujarnos hacia adelante, hacia adónde apuntaba el cielo. Tanto el conductor como yo nos sentimos reducidos, presionados en el tórax (una sensación muy parecida a la congoja: al filo de las lágrimas). Era tierra que desconocíamos. Éramos otros: éramos desconocidos. De vez en cuando, si uno tiene cierta disposición, descubre la vida que hay dentro de uno mismo y esa vida, ese regalo, es lo que alimenta de belleza al mundo (al mundo tal cual es: crudo, hermoso, iluminado). Guardamos silencio por el resto del camino. No sé cuánto tiempo habremos tardado en deslizarnos sobre ese sendero. Si sé, en cambio, que al bajar del automóvil nos miramos a los ojos y en nuestras miradas descubrimos que nosotros también, como lo han hecho hombres en todo el tiempo de la humanidad, habíamos descubierto que la eternidad es un instante y que ese instante es de lo que estamos compuestos. Sonreímos y nos sumergimos en el mar.
martes, 7 de junio de 2011
La idea del retorno
Yo conozco las entrañas de esta ciudad y esta ciudad conoce las mías. La he visitado más veces de lo que me gusta admitir (a mis conocidos, siempre busco entretenerlos con la sorpresa que sólo proviene del elemento del asombro y el asombro es una de esas cosas que a las personas le cuesta reconocer en la rutina). Sé de sus bares y de sus centros, sé de sus tardes y de la manera en la que cae la lluvia; pero, sí algo sé verdaderamente de esta ciudad es lo que ella procura en mí. Mi entrega a esta ciudad funcionó de la misma manera que lo hace la caña del pescador y el anzuelo: se disfraza una intención de otra y se consigue el resultado. Esta ciudad me quería devorar y lo consiguió poniendo un camino de migajas que me comí con todo gusto. Con el tiempo supe escuchar sus palabras y no las palabras que ponía en los intermediarios. Con el tiempo supe de sus caricias y no de las manos estériles de sus habitantes. Con el tiempo supe su verdadero nombre y no del eco que rebotaba en sus edificios. El verdadero encuentro, la comunión como fuente de conocimiento, provino únicamente cuando llamé a esta ciudad por su nombre propio. No por el nombre que le dan en el mapa, sino por aquel que mi espíritu descifró a través de la experencia de vivir a través de ella. Por eso es que retorno una y otra vez a esta ciudad, por que al escribir con mis letras o al articular con mi voz su nombre estoy pronunciado un nombre que también es mío y que me permite ser, al mismo tiempo, todo lo que yo soy y todo lo que ella es (su viento, su luz, sus hombres, sus mujeres, sus niños, sus licores, sus altos, sus bajos). Supongo que buena parte de mi inhibición a contar la historia que hay entre esta ciudad y yo viene del recelo que alguien más consiga extraer de ella lo que yo he descubierto. De cualquier manera, esto no es ningún secreto: sino, pregúnteselo a aquellos que no necesitan más que un atisbo para conocer toda el esplendor de su humanidad.
lunes, 30 de mayo de 2011
Conciencia sobre conciencia
Tomó conciencia de lo fácil que sería perderlo todo y le invadió un miedo paralizador. Se había preocupado por ser del tipo que observa y no del que vive. Ahora estaba de pie, de puntillas, en el medio de un vasto océano oscuro de irreparable densidad. Naturalmente, se descompuso. Las mejillas perdieron su color, la sangre corría más rápido y aunque el cuerpo se sintiera como si estuviera más vivo, a él le parecía que estaba a segundos de volverse un puñado de carne: una nada. Tomó conciencia de su miedo y la voz en su cabeza se volvió insoportable. Le parecía que su identidad había caído cientos de escalones abajo del lugar en dónde acontecía aquello que él llamaba tiempo presente y que se sentía como si la misma vida estuviese siendo vivida por alguien más. Cerró las puertas y las ventanas. Refugiarse parecía lo más natural en un mundo que se había convertido en un verdugo. Envuelto en la sombra de una habitación por la que apenas pasaba el tiempo, tomó conciencia de su conciencia. Se erigió como un pilar sobre su propio cuerpo y vio aquello que realmente era. Las mejillas ardían en color, la sangre se volvió ligera como la luz. Regresó adónde se encontraba. Tomó conciencia de lo fácil que sería perderlo todo y articuló una sonrisa. Primero la punta del pie, después el tobillo, después el pie por completo, las rodillas, el muslo, el tórax, el cuello, la cabeza y todo él entero se sumergieron en el mar. El mar se extendía con una irreparable luminosidad.
San José, Costa Rica.
jueves, 19 de mayo de 2011
La decepción de la segunda vez
Mi fetiche por visitar un mismo lugar más de una vez es obvio: yo soy un junkie de los recuerdos. Por recuerdos habría que entender el complejo de emociones que, en un primer momento, alimentaron mi mapa de reacciones. El bar dos o tres cuadras abajo de la universidad a la que asistía mi mejor amigo y que fue dónde me sentí completamente absorto y vulnerable por una ciudad que, en su mayoría, desconocía. La mesa del restaurante en donde descubrí que yo también puedo ser el tipo que viaja solo y que, con el humor adecuado, se puede animar a platicar con desconocidos. La esquina del bar en mi ciudad natal en donde podría enamorarme una y otra y otra vez. Los lugares, las emociones, el ideal romántico: disfazar las circunstancias de características que no poseen y que, de ver bien, se sabe que provienen de la idea que en ese momento se siembra en nuestra cabeza. La segunda visita nunca será igual que la primera. No se trata del lugar. Se trata de uno mismo. Al lugar lo hace la experiencia; a la experiencia la hace uno mismo y a uno mismo lo hace uno mismo. Lo que sí resulta interesante (y válido, por así decirlo) es que a partir de la constante en el tiempo uno observe la variable, lo que cambia. Uno no es el mismo tipo que se enamoró de una tipa al filo de las seis de la tarde a pesar de que sea el mismo cuerpo que se sienta en la misma mesa y que, en la ingenua búsqueda de replicar la emoción, ordene el mismo gin tónico. Ese tipo probablemente ya no exista. La segunda vez puede ser terriblemente decepcionante. Como hombres somos animales de costumbres y nuestra versión de las cosas va de una vida en donde todo está lleno de intensidad, de altos altísimos y (para algunos otros) de bajos bajísimos. Nada está en el medio, todo está en los extremos. Está de más decir que nuestra versión de la vida no es la versión de la vida que vivimos. La experiencia será todo lo que es la primera experiencia únicamente cuando sea la primera. No la segunda, ni la tercera. Si aceptamos que lo que reside dentro de nosotros no es permanente, estamos renunciado a la idea de que alguna vez reviviremos el pasado. Si el mundo interno es constantemente cambiante, nuestro contacto con el mundo externo siempre será una nueva experiencia. Entonces cualquier contacto del hombre con el mundo que ha construído estará bañado de la intensidad revolucionaria que lleva en las entrañas y todas, cuales quiera que sean, serán primeras experiencias. Primeras veces.
San José, Costa Rica
Bajo la influencia de Sigh No More de Mumford & Sons.
lunes, 21 de marzo de 2011
Después del Viento
Lo que soy lo aprendí después del Viento. No fue cuestión tanto de voluntad como de imposición. El viento movió a la ciudad hasta la locura. Trajo abajo los árboles, desplomó los edificios, hizo del mar algo rebelde. Envueltos en estas circunstancias, los habitantes nos vimos irremediablamente afectados. El eje que cruza nuestro organismo de norte a sur (o de este a oeste, en el caso de otros) se desvió e hizo que la sangre corriera en otra dirección, bajo otro ritmo. No fue fácil adaptarnos; de hecho, sólo conseguir respirar de nuevo con facilidad, de manera natural, nos tomó uno o dos años. Algunos de nosotros todavía se detienen en su andar, miran hacia arriba y mueven las mandíbulas meticulosamente para imitar, de la mejor manera que pueden, un bostezo o una atrapada de aire. No sabemos por qué nos sucedió todo esto. Ante la incertidumbre, surgió el miedo y con el miedo los reclamos. Los religiosos quemaron las imágenes de sus dioses, derribaron sus iglesias. Los intelectuales se remitieron a la historia y estudiaron la vida de aquellos hombres que vivieron las calamidades de su tiempo con paciencia y entrega. Quedamos un buen resto en el limbo: hombres -sólo hombres- que no teníamos idea de qué o a quién reclamar. Mucho menos qué tipo de material estudiar. Esos nos fuimos a vivir a las afueras de la ciudad: ahí, adónde era más alto. El cuerpo nos los dictó necesario. Afuera de los escombros, lejos del ruido gris del pensamiento, respiramos ya no con el cuerpo, sino con algo de adentro. Los ejes de nuestro espíritu se vinieron abajo, los ojos se volteraron hacia adentro y entendimos que el aire que habíamos estado respirando después de los grandes vientos no era el problema. El problema era el envase. Estaba atorado de mucha ciudad, de mucho humanismo. Después de repararlo, respiré con todo el cuerpo por vez primera. Y no hubo más problemas en adelante. Está de más decir que ahora ya no necesito de oxígeno para respirar con cada átomo de mi cuerpo.
domingo, 16 de enero de 2011
Vespertino
Esa tarde decidió salir a tomar cerveza al bar más cercano de la zona en donde vivía. Decidió hacerlo solo porque tenía un buen rato de no dedicarse tiempo a sí mismo. Esto último, él, que siempre ha sentido una natural inclinación hacia el drama, lo disfrazó de una tragedia cotidiana derivada de su recién adquirida soltería. En realidad, extrañaba su encantadora disponibilidad a la soledad y a la independencia (que en tardes como esta era cuando se revestían de la gloria de la intimidad: secreto propio y suculento). Se instaló rápidamente. Desensambló su computadora personal, la puso sobre la mesa, hizo una rápida revisión de sus últimos textos, ordenó una cerveza, leyó y trajo a su memoria (y a la memoria de su piel) la última vez que estuvo así, en este bar, en ese tipo de tarde; desplegó la lista de sus contactos y vio, con incredulidad, el botón que avisaba que ese contacto, el que había sido hace muy poco tiempo su contacto, estaba disponible: a la expectativa de una señal; la que fuera. Bebió su cerveza con una falsa tranquilidad (de hecho, bajó sus brazos en dirección hacia el suelo como quién empuja toda la emoción del cuerpo hacia el olvido o hacia algún lugar en dónde esta no pueda afectar) y se arriesgó a saludar.
Le dijo que la noche anterior había sido una noche de fiesta, que si no miraba el rastro de la madrugada sobre sus ojos. Le dijo que no. No le dijo que sus ojos se veían maravillosos en comparación con el último día que los vio. Para la tercera cerveza del otro, se animó a ordenar una para sí mismo. Después de todo, siempre le había inspirado algo de confianza tomar así: en su compañía, en compañía de las tardes, en compañía de ese viejo sentimiento de comodidad que deja el recuerdo de una relación humana. También extrañaba esto: pero, lo extrañaba de una manera distinta. No le parecía que la ventaja fuera la soledad y la independencia, le parecía que esas dos cosas nunca habían sido realmente suyas. De esto, le gustaba la libertad.
La luz de la tarde invadió el lugar. Se mantuvo suspendida a nivel de los tobillos. Bañó la madera de las mesas, las manos del mesero que servía las bebidas, la vieja caja registradora de la esquina, los rostros de los amantes. Se miraron a los ojos. Sintieron sobre ellos el peso que es característico del tiempo pasado acomplejado por las manos del hombre: retorcido, hecho menos esencial y más tormentoso. Sus cuerpos se estremecieron ante la invasión de aquella emoción: lloraron por ser lo que eran ahora a partir de una mala interpretación del ayer. Lloraban, en realidad, por la revelación que era poder tener todo esto (su libertad, su independencia, su autonomía) sin necesidad de destruir el puente que les unía. Se limpiaron los ojos y ordenaron algo más. Esta vez, lo hicieron juntos: jactándose, frente a los espectadores del bar, de ese nexo indescifrable que en esta tarde se apreciaba como una flor blanca sobre un estanque de agua anaranjada.
domingo, 26 de diciembre de 2010
La fascinación existe
La fascinación que existe entre nosotros y ciertos símbolos proviene, si se puede decir así, del eco que se extiende dentro de nuestros cuerpos en el momento en que nuestros sentidos hacen contacto con ellos. A algunos de nosotros, se nos podría ir la vida entera en ese breve instante. Más importante que la fascinación por sí misma, es reconocer la razón por la cual ese encuentro nos mueve de la manera en que lo hace. El verdadero movimiento, la suspensión, es posible únicamente con lo que tiene la misma composición que nosotros mismos: el viento, el cielo, las nubes, el mar, las voces, los nombres, el otro. Los primeros encuentros están impregnados del misterio que otorga la falta de conocimiento: aquí, nos dejamos llevar por lo que vemos, oímos, escuchamos, palpamos; pero, nos arrastramos hacia algo (y de cierta manera) que no sabemos qué es: esta es la verdadera naturaleza del encuentro. Probablemente, la mayoría de nosotros se quede atrapado en la fase de identificación de los símbolos: saber con claridad qué es lo que nos mueve y qué tan cerca podemos estar del fenómeno. No todos lograremos cruzar la frontera del encuentro a la comunión. Sin embargo, mientras hayan niños (o futuros hombres) que se mantengan firmes frente al mar sintiendo, dentro de sus cuerpos, como se extiende el color del espíritu de su cabeza a su pecho, de su pecho a su estómago, de su estómago a sus genitales, mientras existan esos: señores, hay esperanza.
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Un gin en las rocas, por favor
De no ser por la luz que nos baña, este momento jamás hubiese sido posible. Salvador, un hombre seco y honesto, con los pies bien puestos en sus zapatos y los zapatos determinadamente sobre el suelo, su cabeza bajo el sombrero y las manos estables, sin rastro alguno de duda; reconoce, dentro de sí, algo ajeno, un suave movimiento de su espíritu hacia la locura, el frío (pero refrescante) beso de la innovación: todo ello gracias a la presencia de un hombre desconocido, uno que reviste el bar, ese al que tantas veces ha ido, de un nuevo misterio, del amargo sabor que sólo proviene del encuentro con la pasión, con lo que arrastra. El hombre, desconocido para todos menos para Salvador, se sabe sigiloso, su voz recuerda a las ramas de los árboles que en el mismo inicio de la primavera comulgan con la promesa que hace el Cielo cuando anuncia la tormenta. Sus movimientos son fríos, calculados: recorre el lugar con perfecto desafío, cruza el bar en intachable movimiento diagonal, se sienta sobre las sillas de la barra del lugar, retratadas con cierta cursilería en el espejo que cuelga frente a ellas. En la cabeza de Salvador sólo existe una Voz, la Voz del Deseo, grita, susurra, alterna entre altos y bajos una sólo rezo: Debo, debo, debo, debo, debo, debo, debo...y concluye que sí aquella voz fuera la voz de todos sus días, él seguramente estaría en un reclusorio para enfermos mentales o en una tumba, en todo caso. El desconocido bebe su gin con propiedad y en ese baile de miradas a Salvador se le ocurre que aquel no puede ser un hombre: un suspiro, el espacio de aire eléctrico entre la punta de los dedos y la piel, que está a punto de recibir una caricia estremecedora. Salvador corta tajante sus pensamientos, con una voz que no es de él, molesta, chillona, ordena lo mismo. Los une, en ese único momento, la casualidad del encuentro, sus labios en los cristales, el gin que baja por la garganta y un lazo oscuro de deseo, de palabras sin decir. ¡Composición, hombre! Salvador, Salvador, Salvador, no parecieras ser el hombre que creía que eras, ¡ánimo! De nada le vale a Salvador pensar todo ello si su cabeza no está en donde debe, aparta el gin hacia la izquierda y antes de que el desconocido ordene algo más (o antes de que a él le estalle el corazón, quizás) le mira fijamente y sin voz, pero con sus ojos negros le logra decir: Hombre, cuénteme lo que me tenga que contar. Dígame lo que me tenga que decir. Hable que quiero escuchar. El hombre sonríe por que al fin y al cabo él ha sido creado para llegar a ese bar en esa precisa noche en la cual, el gran Salvador, caerá inminentemente de un pedestal al Infierno, o en sus propias palabras: de la ordinariedad al Deseo.
miércoles, 17 de marzo de 2010
Somos más
4
Lo que más le desespera es el panorama. Se supone que iba a encontrar algo muy parecido a la plenitud en este rincón del Sur. Sin embargo, en la cima de esta montaña, con un cielo así: tan despejado que oprime; es lo que menos ha podido conseguir. En todo caso, lo contrario. Lleva sólo treinta días viviendo en el monasterio de unos tipos extraños. Muy a pesar de la dieta vegetariana, el agua fría y los colchones a base de tablas, se animó a mudarse por la grandiosa idea de obtenerlo Todo a cambio. Ahora no sabe qué pensar. Con gusto mataría a uno de estos tipos santos con tal de conseguir un boleto de regreso. Sentado, de madrugada, no sabe si el insomnio lo empuja a la locura o a una reveladora racionalidad: ¿Adónde está dios en este lugar? ¿Adónde está la inmensidad? Cierra los ojos y sueña con una Coca-Cola. Una caminata bajo la luz de la tarde. Una vida en un mundo en donde no hay más dios que la comodidad.
5
No es que me acueste con él por que lo quiera. Lo hago por que se me hace necesario. Quizás es que no soy como ustedes. Yo sí puedo escindir el cuerpo del espíritu. No pueden venir a decirme que no se puede hacer. Llevo seis años haciéndolo. Igual, sigo considerándolo algo temporal. Lo haré hasta que se me plazca. Sino, hasta que aparezca alguien real. Aunque, honestamente, se me ha dado por pensar que no existe tal cosa como el amor. Que no es más que pura habladuría. Tampoco es una cuestión de crueldad. Él tiene bien sabido que en este juego nocturno nadie tiene compromisos. Si yo quiero contesto, si él quiere abre la puerta. Sí, lo sé. Sé que él mira mi espalda con añoranza cuando me retiro de su habitación y el círculo oscuro de la noche me cubre. No me miren así. Yo también traté de quererlo. Es sólo que no puedo. Está bien. Lo acepto. Yo también deseo, muy en secreto, unir el cuerpo con el espíritu. Para mientras me divierto: ¿Eso los deja tranquilos? ¿Dejarán de gritar? ¿Dejarán de aparecerse día y noche? ¿Si?
6
Han pasado seis meses desde que la compañía para la que él trabaja lo trasladó a otra ciudad. Ha pasado un poco menos del mismo tiempo desde que conoció a esa mujer que le transformó la vida en un bar. Si las cosas fueran perfectas, él tendría veinte años años ella; ella sería rubia y él no tendría tres mujeres esperando en su ciudad natal. Su hija y sus dos esposas insisten en ir a recogerlo al aeropuerto cada quince días y sorprenderle con cartas y una cena que siempre le da asco comer. Y es que cuando va a la cama, en cualquiera de las dos ciudades, las imágenes de su esposa y su amante se confunden. Sino, la sonrisa desbordada de placer de su amante se inserta en las dentaduras incompletas de sus hijas. Aveces le da por pensar que va a dejar a su familia; pero, siempre le invade el mismo sentimiento de impotencia. También ha pensado en dejar al amante, pero un hombre verdadero no sabe resistirse al deseo cuando corre por la sangre. Las cosas se están poniendo difíciles. La amante quiere presencia. Su esposa y sus hijas, también. La exigen con el coqueteo que sólo las mujeres saben hacer. Él viviendo dos vidas. Dos vidas que difícilmente pudieran sumar una sola.
miércoles, 10 de marzo de 2010
Somos muchos
1
No sabe cómo decirle a su hermano que no le odia. Ya casi son dos años desde que se separaron abruptamente. Aún así, su memoria le devuelve —a manera de fúrico oleaje— el recuerdo del día en que la brecha del odio se originó en su corazón: uno muy joven. Ahora ha llegado a la gran conclusión que lo que alguna vez lo separó de su hermano es todo aquello que en estos momentos él necesita. No supo digerir la abrasadora pasión con la que su hermano se lanzó a lo que le era propio. Está acorralado. Si quiere moverse de este sitio desértico tendrá que incluír de nuevo en su vida a su hermano. No sabe cuáles son las palabras que hay que decir. No sabe como llenar el espacio de tiempo que ha funcionado como separador definitivo entre él y su hermano. Mirada sobre el hombro, la lengua atada. No sabe cuánto más podrá seguir en esta habitación desolada.
2
Hace más de diez años que aterrizé en esta ciudad. El aeropuerto no parece haber cambiado en lo absoluto. El diferente soy yo. Ahora las paredes forradas de plástico verde no susurran promesas de una vida mejor. En todo caso, chorrean el pesado líquido de la decepción. Me duele mucho reconocer que me equivoqué. Haberlo dejado todo por el impulso de un nuevo comienzo. Dejar, en mi ciudad, los pendientes con mirada de melancolía. Ahora tomo el vuelo de la tarde. Regreso a mi ciudad hasta mañana. He tomado las medidas necesarias para instalarme en un lugar alejado de mi barrio. Tampoco me despedí de este lugar. Regreso a mi ciudad por que aún no existe un territorio definido para el limbo. ¿Qué se supone que sigue ahora? Por las ventanas del avión se comienzan a ver los rascacielos del Sur. En mi cabeza sólo habita una voz que me recuerda que no estoy joven, que ya pasaron diez años y que regreso exactamente al mismo punto del cual partí.
3
A ella, el asunto que le tiene inquieta tiene que ver más con su pasado que con su porvenir. No es tanto pensar en qué va a hacer a partir de ahora; sino, más bien, es mirar hacia atrás y tomar consciencia absoluta de que todo lo que ha construído ha sido un fantasma de lo que ella creía de sí misma. No ha sabido llenar sus propios zapatos. Su cuerpo parece confirmar sus más temidas sospechas. Si antes lúdico y brilloso, ahora es opaco y aburrido. Los que la conocen le hacen ver que hay mucho más adelante de lo que hay atrás. En términos de tiempo, les da la razón. Pero su problema, más que de años, tiene que ver con la plataforma en la que está ubicada. A esta edad, con este cuerpo, ella ya esperaba haber conquistado, siquiera, uno de sus sueños. París, el amor, una mascota, la independencia, el odio, una novela, haber servido a la humanidad. Nada. Ni un solo objeto de su larga colección de deseos. Antes de tomar la cuota de ansiolíticos que le permite dormir sin descansar, aprieta los labios y piensa en lo que le seguía a esa primera lista. El desamor, la muerte de un ser cercano, la segunda novela, un lugar con balcón, dos ciudades en menos de cinco años. ¿Cómo pensar en el futuro sin haber siquiera conquistado el escalón de abajo?
miércoles, 3 de marzo de 2010
Juego de luces y sombras
02:30 AM
Lucas despierta después de dos horas y media de haberse acostado. Pronto no recordará haber abierto los ojos a esta densa oscuridad que es muy característica de la madrugada. Sin embargo, en este breve momento, pequeña y glorioso encuentro de la conciencia y la inconciencia, Lucas adquiere un atisbo de noción acerca del lugar en el que está ubicado. Con Lucas, los papeles se han invertido. La noche se ha convertido en el día y el día en la noche. El Lucas presente es el Lucas onírico y el Lucas onírico es el Lucas presente. Todo está al revés. Al revés de cómo debería ser.
07:00 AM
Lucas despierta definitivamente. La luz de la mañana irrumpe de manera horizontal por las persianas. La mirada de Lucas se detiene en la pared a su costado: la luz baña de manera intensa la suave superficie de una pared color olivo. Aunque los ojos de Lucas estén abiertos, no están viendo. Desde hace un tiempo hacia acá, las mañanas de Lucas están filtradas a través de un cono de ensoñación. No hay voluntad en su movimiento. Todo es inercia. Lucas, entonces, se asemeja a las flores de los pastizales que, víctimas del despiadado viento, son arrancadas del suelo o mueren desesperadas del aburrimiento.
02:30 PM
La tarde se asoma, irritante, por los rascacielos de la ciudad. Para hacerse notar, atraviesa las ventanas, y las paredes, que insisten en elevarse desde el suelo. Lucas fuma un cigarrillo mientras tararea una canción. El humo entra y sale por sus fosas nasales. Adentro, el humo no deja más que manchas en los dientes y borrones en los pulmones. Las notas de su canción sólo provienen de las cuerdas vocales avergonzadas. Ya nada es como fue.
09:00 PM
Lucas está ansioso. El cenicero que acumula una docena de colillas lo confirma. Se le ocurrió gastar su tiempo libre en cine. Filmes de directores radicales. Esta noche proyectó una sobre un criminal con un desorden químico en el cerebro. Elección equivocada si se quiere mantener la paz. Por sobre su hombro, Lucas puede observar el desenvolvimiento de su día. Nada importante. Nada grandioso. Nada terrible. Una simple sucesión de movimientos no muy distintos del diseño de las caricaturas que se arman con números y puntos: trazando la línea de arriba hacia abajo o de derecha hacia izquierda. Piensa en el poco tiempo que tiene antes de ir a la cama. La ansiedad se incrementa.
12:00 PM
Lucas ha depositado su cabeza sobre la almohada. Ocupará entre quince y diez minutos para pensar antes de dormir. La mayoría de ese tiempo se le irá pensando en el pasado. En lo difícil que fue lidiar con el insomnio. En las batallas que libró. En todo lo que perdió. En las heridas que lleva adentro y afuera. En su familia, en su comportamiento. En el hecho de que ahora tiene un hogar, tiene un horario, tiene…tiene sueño. Y duerme. Dormirá por muy poco tiempo.
2:30 AM
Lucas despierta. Lucas despierta a un sueño. En su sueño, es un animal. Una bestia.
2:45 AM
Lucas está desesperado. No sabe cómo volver a conciliar el sueño. Piensa en todo lo que hay que hacer al siguiente día. Se desespera más. Aprieta los puños bajo las sábanas. Patalea. Chilla.
3:15 AM
Lucas tiene una mirada distinta.
3:17 AM
Lucas ha realizado que la vida a la que despierta por las mañanas es sólo una portada de cartón infiel a su persona. Piensa en la muerte. Piensa en la suya.
07:00 AM
Lucas despierta. Aparte de los ojos, ligeramente enrojecidos por el desvelo, en Lucas no hay señal alguna de la maravilla que acontenció durante la noche.
La luz del sol anuncia que es de día.
Lucas despierta después de dos horas y media de haberse acostado. Pronto no recordará haber abierto los ojos a esta densa oscuridad que es muy característica de la madrugada. Sin embargo, en este breve momento, pequeña y glorioso encuentro de la conciencia y la inconciencia, Lucas adquiere un atisbo de noción acerca del lugar en el que está ubicado. Con Lucas, los papeles se han invertido. La noche se ha convertido en el día y el día en la noche. El Lucas presente es el Lucas onírico y el Lucas onírico es el Lucas presente. Todo está al revés. Al revés de cómo debería ser.
07:00 AM
Lucas despierta definitivamente. La luz de la mañana irrumpe de manera horizontal por las persianas. La mirada de Lucas se detiene en la pared a su costado: la luz baña de manera intensa la suave superficie de una pared color olivo. Aunque los ojos de Lucas estén abiertos, no están viendo. Desde hace un tiempo hacia acá, las mañanas de Lucas están filtradas a través de un cono de ensoñación. No hay voluntad en su movimiento. Todo es inercia. Lucas, entonces, se asemeja a las flores de los pastizales que, víctimas del despiadado viento, son arrancadas del suelo o mueren desesperadas del aburrimiento.
02:30 PM
La tarde se asoma, irritante, por los rascacielos de la ciudad. Para hacerse notar, atraviesa las ventanas, y las paredes, que insisten en elevarse desde el suelo. Lucas fuma un cigarrillo mientras tararea una canción. El humo entra y sale por sus fosas nasales. Adentro, el humo no deja más que manchas en los dientes y borrones en los pulmones. Las notas de su canción sólo provienen de las cuerdas vocales avergonzadas. Ya nada es como fue.
09:00 PM
Lucas está ansioso. El cenicero que acumula una docena de colillas lo confirma. Se le ocurrió gastar su tiempo libre en cine. Filmes de directores radicales. Esta noche proyectó una sobre un criminal con un desorden químico en el cerebro. Elección equivocada si se quiere mantener la paz. Por sobre su hombro, Lucas puede observar el desenvolvimiento de su día. Nada importante. Nada grandioso. Nada terrible. Una simple sucesión de movimientos no muy distintos del diseño de las caricaturas que se arman con números y puntos: trazando la línea de arriba hacia abajo o de derecha hacia izquierda. Piensa en el poco tiempo que tiene antes de ir a la cama. La ansiedad se incrementa.
12:00 PM
Lucas ha depositado su cabeza sobre la almohada. Ocupará entre quince y diez minutos para pensar antes de dormir. La mayoría de ese tiempo se le irá pensando en el pasado. En lo difícil que fue lidiar con el insomnio. En las batallas que libró. En todo lo que perdió. En las heridas que lleva adentro y afuera. En su familia, en su comportamiento. En el hecho de que ahora tiene un hogar, tiene un horario, tiene…tiene sueño. Y duerme. Dormirá por muy poco tiempo.
2:30 AM
Lucas despierta. Lucas despierta a un sueño. En su sueño, es un animal. Una bestia.
2:45 AM
Lucas está desesperado. No sabe cómo volver a conciliar el sueño. Piensa en todo lo que hay que hacer al siguiente día. Se desespera más. Aprieta los puños bajo las sábanas. Patalea. Chilla.
3:15 AM
Lucas tiene una mirada distinta.
3:17 AM
Lucas ha realizado que la vida a la que despierta por las mañanas es sólo una portada de cartón infiel a su persona. Piensa en la muerte. Piensa en la suya.
07:00 AM
Lucas despierta. Aparte de los ojos, ligeramente enrojecidos por el desvelo, en Lucas no hay señal alguna de la maravilla que acontenció durante la noche.
La luz del sol anuncia que es de día.
jueves, 25 de febrero de 2010
Laura, desaparecida
Laura aterrizó en su habitación a eso de las cuatro de la mañana. Aunque nunca despegó los pies de la tierra, su espíritu si consiguió viajar por ciertos lugares que, por su inmensurable altura o profundidad, requieren quebrantar las líneas a las que nuestro tiempo insiste en atarnos. Antes de posar los pies sobre la alfombra marrón que se derrama sobre la superficie de su cuarto, logró ver el reflejo de su rostro en el espejo. Llevaba un vestido color negro. Descubierto del pecho. Con delicados pliegues que caían hasta la altura de la cintura. El borde de su vestido su vestido se movía como imitando el oleaje del mar.
Desde hace unos años para acá, Laura ha insistido en beber alcohol copiosamente. Como cualquier suceso en su vida, este hábito comenzo siendo, en primer lugar, un eco. Una especie de réplica que proviene de las cavernas de su tórax y que, una vez ejecutada, se siente como la confirmación de una sospecha. Ahora ya no es como antes. Antes, el alcohol poseía una cierta cualidad indescifrable. Como la revelación de un misterio del universo, la venda arrebatada de los ojos. Ahora, si tiene suerte, apenas y logra distinguir el lejano sabor férrico que le deja en la lengua cierta mezcla de licores.
Laura ha perdido algo. Lo más probable es que haya perdido algo de ella misma. La noche y sus implicancias le han jugado sucio. En el corazón del hombre, la noche descontrolada funciona como un carcinoma. Uno que avanza a grandes pasos y consigue derribar todos los árboles que, como cimientos de los principios de la propia naturaleza, han sido erigidos en eso que, algunos de nosotros, insistimos en llamar el Bosque de Los Espíritus. No hay que ser duros con ella. También ella creyó en esa falsa alineación espíritu-corpórea que otorga la falsa tranquilidad. El cese de la guerra. La pausa en el engañoso camino hacia el encuentro con uno mismo.
De cualquier manera, a Laura se le ha brindado una segunda oportunidad esta noche. Borracha de una sustancia diferente al licor (quizá más parecida a la música) fue arrastrada desde los bares de esta ciudad hasta la entrada de su habitación. Ahora que ella ha reconocido sus pies elevados por el suelo, descalzos, llena por dentro de una mezcla irreproducible de todas las emociones; ha tomado consciencia de eso que dejó que le arrebataran en el pasado. Se parece a la tristeza en magnitud, pero es de otro color. Desde algunos ángulos se parece al amor; desde otros, al odio. Aún así, no se trata de ninguno de los dos.
Laura no lo sabe, pero desde esta noche conseguirá llegar volando hasta el lugar adónde vive. Con el tiempo, comenzará a volar más y más alto. Visitará la Luna, el Inframundo, la profunidad del mar, otros planetas y otra suerte de lugares de los cuales ni siquiera se sabe el nombre. Finalmente, cuando Laura vea frente a frente eso que la mayoría dejamos morir dentro de nosotros mismos, perderemos noción de su existencia.
Aunque querramos mucho a Laura, nos resignaremos a su pérdida. Nos ayudará a sobrellevarlo las fugaces visitas que ella decidirá hacer en la mueca inhumana que de repente nos deja ver el reflejo del espejo. Sino, la luz que borra una parte de nuestros rostros en las fotografías.
Desde hace unos años para acá, Laura ha insistido en beber alcohol copiosamente. Como cualquier suceso en su vida, este hábito comenzo siendo, en primer lugar, un eco. Una especie de réplica que proviene de las cavernas de su tórax y que, una vez ejecutada, se siente como la confirmación de una sospecha. Ahora ya no es como antes. Antes, el alcohol poseía una cierta cualidad indescifrable. Como la revelación de un misterio del universo, la venda arrebatada de los ojos. Ahora, si tiene suerte, apenas y logra distinguir el lejano sabor férrico que le deja en la lengua cierta mezcla de licores.
Laura ha perdido algo. Lo más probable es que haya perdido algo de ella misma. La noche y sus implicancias le han jugado sucio. En el corazón del hombre, la noche descontrolada funciona como un carcinoma. Uno que avanza a grandes pasos y consigue derribar todos los árboles que, como cimientos de los principios de la propia naturaleza, han sido erigidos en eso que, algunos de nosotros, insistimos en llamar el Bosque de Los Espíritus. No hay que ser duros con ella. También ella creyó en esa falsa alineación espíritu-corpórea que otorga la falsa tranquilidad. El cese de la guerra. La pausa en el engañoso camino hacia el encuentro con uno mismo.
De cualquier manera, a Laura se le ha brindado una segunda oportunidad esta noche. Borracha de una sustancia diferente al licor (quizá más parecida a la música) fue arrastrada desde los bares de esta ciudad hasta la entrada de su habitación. Ahora que ella ha reconocido sus pies elevados por el suelo, descalzos, llena por dentro de una mezcla irreproducible de todas las emociones; ha tomado consciencia de eso que dejó que le arrebataran en el pasado. Se parece a la tristeza en magnitud, pero es de otro color. Desde algunos ángulos se parece al amor; desde otros, al odio. Aún así, no se trata de ninguno de los dos.
Laura no lo sabe, pero desde esta noche conseguirá llegar volando hasta el lugar adónde vive. Con el tiempo, comenzará a volar más y más alto. Visitará la Luna, el Inframundo, la profunidad del mar, otros planetas y otra suerte de lugares de los cuales ni siquiera se sabe el nombre. Finalmente, cuando Laura vea frente a frente eso que la mayoría dejamos morir dentro de nosotros mismos, perderemos noción de su existencia.
Aunque querramos mucho a Laura, nos resignaremos a su pérdida. Nos ayudará a sobrellevarlo las fugaces visitas que ella decidirá hacer en la mueca inhumana que de repente nos deja ver el reflejo del espejo. Sino, la luz que borra una parte de nuestros rostros en las fotografías.
martes, 9 de febrero de 2010
Los Abrazos Rotos (2009)
Usualmente Pedro Almodóvar trabaja bajo una línea muy colorida en relación al cine que construye. Aveces, debemos reconocerlo, es más manchón que línea definida. Por eso, para los que hemos seguido el trabajo del director, fue una sorpresa encontrarnos con una propuesta tan sobria como lo es su último trabajo cinematográfico. Finalmente, aquí entre nosotros, están Los Abrazos Rotos (2009).Este filme se destaca por saber ocupar todos los recursos con que cuenta a su favor. El tiempo, en primer lugar (y no por primera vez), funciona de manera estupenda para la intensidad de la historia que está siendo relatada. Desde un inicio muy precoz, el director decide hacer hablar a la voz del narrador en el presente y, sin embargo, la llena de palabras del pasado. A medida se desenvuelve la historia, es la misma voz la que nos lleva hacia atrás (con el sencillo, pero eficaz recurso del relato) con el único ánimo de reconstruír todo lo que ha llevado al protagonista hasta el lugar en el que ahora reside toda su persona. Sin lugar a dudas lo consigue. En el momento en el que la voz del protagonista casa con las imágenes en el mismo espacio temporal, observamos a un protagonista fortalecido por el dolor, descifrado por el tiempo. Almodóvar decide llevarlo hasta tal nivel que, en el momento en que el tiempo ha cumplido su función explicativa, regresa al personaje principal su nombre verdadero. Una vez hemos conocido su historia, tiene él derecho de regresar a ser quién realmente es.
En materia de imágenes y simbolismos, no hay más que decir que es el recinto donde el director se puede proclamar, con toda propiedad, como el Amo y Señor. Me atrevería a decir que, a diferencia de las películas anteriores, las imágenes (aunque muchas de ellas antes vistas en el trabajo del cineasta) de este filme son mucho más elegantes. Más trabajadas, por así decirlo. Las más impactantes son aquellas que brotan del Dolor y se extienden, desde la pantalla, hasta el núcleo del espectador. En este aspecto del filme, es en donde mejor se puede apreciar la unicidad del creador. Si el protagonista o los actores de reparto están entumecidos o adoloridos por una sensación específica, el director posee la grandiosa habilidad de acentuarlas a partir de escenas muy bien construídas y que, una vez ejecutadas, logran crear la réplica exacta de todo aquello que los diálogos no lograron decir por no ser suficientes o por no encontrarse presentes.
El hecho de que dos de las actrices que actúan en este filme destaquen de inusual manera en su desempeño, es sólo consecuencia directa de la injerencia del director sobre ellas. Tal es el caso de Penélope Cruz y Blanca Portillo; quienes, aunque reconocidas anteriormente por sus papeles, logran apegarse a los guiones y darle vida a dos mujeres totalmente invadidas por la historia. Aún a sabiendas de que estas dos mujeres son seres humanos independientes del filme que, para gloria o desgracia de ellas, han actuado en otras películas; se podría, incluso, llegar a pensar que ellas no tienen más dimensión que el rostro del cual se les ha dotado para los ciento veintisiete minutos que dura la película.
En fin, Los Abrazos Rotos es una propuesta muy madura de parte de Pedro Almodóvar. Está llena de esfuerzo, detalles bien construídos, diálogos e imágenes que, aunque son los de siempre, han sido revestidos de un nuevo significado. A todos aquellos que no conocen el trabajo del director, podrá parecerles una buena película nomás. Pero a los que hemos puesto el ojo en el trabajo anterior del director, nos parece un salto. Una mejoría. Algo así como el uso del director respecto al recurso del tiempo: una historia que está construída con las palabras de antes; pero que es con la voz del presente con la que tiene que ser contada.
lunes, 1 de febrero de 2010
6
- Hoy en día se toma con mucha ligereza eso de perder el alma. Aún, los más religiosos insisten en restarle mucho de su connotación para convertirlo en algo vulgar, algo que está al alcance de cualquier par de manos. Para ponerlo en algún contexto, perder el alma, según la doctrina cristiana, es básicamente condenarla. Entregarla voluntariamente a Satanás. Incluso bajo esta perspectiva, el hecho de perder el alma, la esencia humana, llevaría consigo algo de heroico. Heroico en el sentido de la intensidad que requiere hacerlo. Atar la mente a la idea. Definir un único camino: el camino al infierno. Dedicarse, a toda costa, a servirle a la antítesis de la Bondad.
- Si seguimos así, el mundo entero perderá el alma. Este mundo está encaminado a la perdición. Reirán ahora; pero, mañana, llorarán en el infierno. Definitivamente los ojos de estos señores han sido víctimas de cataratas de ceguera. El comportamiento promedio en el mundo está lejos de merecer la condena que alguna vez se mereció el alma del hombre antiguo. Nuestra historia esta llena de casis. De juegos mediocres, de hombres a medias. Ganarse la repulsión de Dios, de la grandiosa idea de un Dios que lo es Todo, requiere más que la evasión a la que está acostumbrado el hombre de nuestros tiempos. Solicita más que un tonto compromiso con las drogas o el dinero.
- Prueba fehaciente de lo anterior, se encuentra en el hecho de que ningún hombre en esta región ha sido arrastrado por algo más grande que él mismo. Sino, tambén, el que las muestras de arte personal oscilen entre las nimiedades de un mundo muy personal y específico, en lugar de hacerlo, con vehemencia, entre las interminables dimensiones del universo que, por cierto, el hombre ha olvidado: es lo que se lleva en el pecho.
- Entonces, estos hombres que aclaman la condena del mundo, más de la juventud, no han hecho más que caer en la trampa de los escrúpulos. Quizá llenos de una envidia espumosa que les hace imposible apartar la mirada de aquellos que, no más grandes que ellos, al menos son más libres. El mundo no está condenado al infierno. El mundo está condenado a algo peor.
- Para terminar de esclarecerlo, sólo hace falta contraponer el fenómeno con su opuesto. La luz, el Ángel, Dios, el Todo. Eso que representa la salvación del alma. La glorificación del hombre. El hecho que se designe como invariable opuesto el alma malformada del hombre de estos tiempos no hace otra cosa más que denigrarlo. Hacerlo menos. ¿Cómo es posible que el opuesto de la gloria sea ese machote de vergüenza? No, por supuesto que no. Ambos lados merecen su estatura. Los jugadores lo sabemos —independientemente del lado de la cancha en la que estemos.
- Entonces sí. Lo contrario a la grandeza sólo puede ser el Abismo. La Noche, El Diablo, La caída, La Nada. Visto así, se comprende que el mundo no está encaminado al infierno. Este mundo se dirige a un país sin dioses. A un lugar en donde el alma no tiene relevancia. Uno donde tanto 'condenados 'como 'salvos' son hombres vulgares. Uno en donde no habitan hombres; sino, receptáculos que pretenden serlo.
sábado, 16 de enero de 2010
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Ni siquiera nos hemos dado un beso. Yo sé. Yo sé que raya en lo absurdo. Pero, así es. Nos conocimos en un bar —¿en dónde más?, agregarías— Nos conocimos precisamente cuando yo vivía en una ciudad que no era la mia y, aún así, se sentía como propia. Al menos, en esos días. Sobre todo en el día que nos conocimos. Por esos días cambié las noches por las tardes —¿estás seguro? ¿no lo habías pensado antes?— Sí, si fue por esos días. Lo recuerdo con énfasis por que las noches de esas ciudad eran esencialmente diferentes de la ciudad de donde venía. Frías, lluviosas, oscuras. Yo estaba acostumbrado a otro tipo. En el momento que me dijiste sobre tu atracción hacia el drama, supe que estábamos en la misma sintonía. Digo, ¿qué es más hermoso que la capacidad de extender la tragedia sobre la línea del tiempo? Extenderla hasta donde se pueda. Quizá no se trate de eso —Por supuesto, Javier, no se trata de eso. Se trata de otra cosa— No sé. Aún desconozco mucho de ese mundo. ¿Qué te gustó de mí? No sé. Me parece asombroso que estés ahí, junto a mí. Compartiendo una noche diferente de esta. Una ciudad que es violenta y una apagada. Juntas. Quizá por primera vez.
—¿Cuándo nos volvemos a encontrar— No sé. No sé que responder. Aveces siento como si la distancia fuese una especie de ruido. Uno hermoso. Uno que nos separa y nos mantiene así: como conectados. Aveces tengo la fortuna de encontrarme con tu recuerdo en otro bar. Probablemente, esté con otras personas. Pero, es lo mismo. Es como si el cuerpo de alguien más fuese posesión tuya —No creo en la posesión, no me cuadra. Creo en el momento. En un par de ojos casando con otros. En dedos ajenos cruzados con los propios— Yo sé. Yo lo sé. Pero, recordá: entre nosotros se extiende un mar de tierra. Un mar de distancia. No hay que pedirle explicaciones al que extraña.
—Nos vamos a volver a ver, estoy seguro—
Yo, no.
Al menos no igual que la primera vez. Que no se pase por alto: estuviste ahí el mismo día que esa ciudad, ahora ajena, se alineó —¿al menos por un momento, verdad, Javier?, con la mía. Esta en donde reside mi espíritu ahora. Esta que está llena de tu recuerdo. Llena de algo más.
—¿Cuándo nos volvemos a encontrar— No sé. No sé que responder. Aveces siento como si la distancia fuese una especie de ruido. Uno hermoso. Uno que nos separa y nos mantiene así: como conectados. Aveces tengo la fortuna de encontrarme con tu recuerdo en otro bar. Probablemente, esté con otras personas. Pero, es lo mismo. Es como si el cuerpo de alguien más fuese posesión tuya —No creo en la posesión, no me cuadra. Creo en el momento. En un par de ojos casando con otros. En dedos ajenos cruzados con los propios— Yo sé. Yo lo sé. Pero, recordá: entre nosotros se extiende un mar de tierra. Un mar de distancia. No hay que pedirle explicaciones al que extraña.
—Nos vamos a volver a ver, estoy seguro—
Yo, no.
Al menos no igual que la primera vez. Que no se pase por alto: estuviste ahí el mismo día que esa ciudad, ahora ajena, se alineó —¿al menos por un momento, verdad, Javier?, con la mía. Esta en donde reside mi espíritu ahora. Esta que está llena de tu recuerdo. Llena de algo más.
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