Desde el inicio de los tiempos, la decisión del nombre ha sido cosa ajena a la voluntad de los mortales. En el tiempo antiguo, fue cuando los hombres estuvieron más cerca de ejercer alguna injerencia sobre el asunto. Fueron los días de los dioses y el Destino. En nuestro tiempo, estamos tan alejados de nuestro verdadero nombre que, a algunos de nosotros, nos ha tocado vivir con uno que no es el que estremece a nuestro espíritu cuando mencionado. Prueba de ello resulta la observación de nombres tan vulgares que ocasionan risa o vergüenza al pronunciarse. Sino, la asignación de un conjunto de palabras distintas de un nombre de parte del amante para referirse al amado. La distancia en letras, palabras y significados que existe entre el nombre verdadero de una persona y su nombre de mundo; es directamente proporcional a las letras, palabras y significados que se usan para definirle. No tendría que ser así. El nombre, si verdadero, sólo basta de una boca que se atreva a pronunciarlo para implantar —apoyándose de los sentidos— una serie de reacciones en el espíritu de quién lo ejecuta. Resulta lógico señalar que la única posibilidad de conocer nuestro verdadero nombre en este mundo, se encuentra en lo que se podría definir como un espacio paralelo al mundo que conocemos. Un lugar que también tiene su propio nombre; pero que, por conocerlo a oscuras y no totalmente, no puedo llamar adecuadamente. Para dirigirse a este sitio, se debe tener la voluntad necesaria para hacerlo. Paradójicamente, la mayoría de nosotros no podría gestar las condiciones necesarias para generar esa voluntad si no fuera por una suerte de eventualidades que están fuera del alcance de nuestras manos. Dicho de otra manera: para dirigirse de manera voluntaria al lugar donde finalmente nos llamarán por nuestro verdadero nombre; en primer lugar, hay que dejarse arrastrar por aquellos fenómenos que parecen ir en contra de nuestra sanidad. De cualquier manera, no basta únicamente visitar este sitio. Las poquísimas veces que he conseguido dar con el lugar, me encuentro con susurros muy bajos, distintos idiomas, agudos muy altos: una mezcla incomprensible de voces que se encuentra en una frecuencia diferente a la que estamos acostumbrados a escuchar. De esto, no puedo sino concluir que seremos merecedores de nuestro verdadero nombre hasta que hayamos forjado el molde que lo reclama para que implique las mismas cosas que el mismo sugiere. Al momento de escuchar por vez primera nuestro único nombre, no debe existir distancia entre lo que él significa y lo que nosotros somos. Sino, sucederá como aquellos que, de alguna u otra manera, llegaron a escucharle y al no poder cumplir las implicancias, no vieron otra salida más que el deceso por vergüenza. Probablemente, todo esto suene fatal e inalcanzable. Pero, en busca de mantener los ánimos elevados, habría que agregar un último detalle en relación al tema. El ser humano es el único animal capaz de conocer su verdadero nombre. Es fácil comprobarlo. El nombre que nuestros padres nos atribuyeron, nuestro nombre de mundo, posee —aún con sus innumerables fallas— la habilidad de recrear, dentro de los parámetros de este mundo, una réplica minúscula del efecto que tendría nuestro verdadero nombre sobre nuestro espíritu. Si ha Ud. le ha sucedido que su corazón se ha hinchado o encogido a causa de la forma en la que han o no han pronunciado su nombre de este mundo; imagine el placer o la tristeza que le arrastrará cuando finalmente algo mucho más magnífico o terrible que Ud. lo gesticule con unos labios y una voz que nunca Ud. concibió antes.
jueves, 26 de noviembre de 2009
lunes, 23 de noviembre de 2009
Extender las horas del día
Aunque haya quedado atrás, cada uno de nosotros recuerda el momento en el que finalmente nos reconocimos unos a otros. Por supuesto que no fue grato. Éramos muchos en un espacio que, al final de cuentas, nos quedaba muy pequeño. Fue por la noche. Tenía que ser así. Por la noche guardábamos silencio. Algunos, por cansancio. Otros, por contemplar la siniestra quietud que la caracteriza. Una vez fueron apareciendo todos los ojos que se resguardaban en una misma habitación, comenzó la guerra. Nos hicimos añicos. Hasta que fuimos mucho menos que uno solo, pudimos comenzar desde el inicio. Nos reconciliamos. Nos dimos las manos. No tocamos los labios. Besamos las palabras del uno y del otro. De una manera difícil de explicar, nos volvimos más. No exactamente más fuertes. Sino, lo contrario. Éramos una amalgama inseparable: toda ella al margen del más sútil de los movimientos. Nos declaramos hijos de la noche. En la crueldad de la noche, se podía identificar un llanto, como himno, que subía por las paredes y se disipaba con la oscuridad.
El tiempo ha sabido dejar huella. Seguimos unidos en esta contienda. Ahora nos enriquecemos de la luz. No de cualquiera, sino de la que rebota de las hojas y las ventanas de los edificios después de que el día ha cedido al sacrificio del mediodía. En materia de estas cosas, somos unos niños. Apenas y hemos aprendido a vernos los rostros bajo esta cortina castaña que nos presta esos meses del año que, de manera apresurada, se dejan caer por los rascacielos. La noche no ha perdido su encanto. En todo caso, se ha revestido del mismo. Nuestra comunión comienza por las tardes. Nuestra muerte, por las noches. Nuestra única habitación sigue siendo muy pequeña. Con la gran diferencia que ahora no nos sofocamos hasta morir. Extendemos nuestras extremidades hasta asfixiarnos con la dulzura del que pone toda su voluntad del lado del exterminio.
Y en este eterno sacrificio, se nos va la vida entera.
domingo, 15 de noviembre de 2009
Puerta cerrada
A decir verdad, nunca me he sentido muy cómodo con las nuevas visitas. Con el tiempo, esto dejó de ser una falta para convertirse en eso que convenientemente definimos como un rasgo de la personalidad. Soy más del tipo reservado. Me gusta bajar las escaleras a un salón vacío; acompañado nomás que por la luz anarajanda de la tarde. Además, me gusta tener pleno control de todo aquello que dejo ver de mí mismo a las personas extrañas. Así, por ejemplo, evito quedarme a dormir en una habitación que no sea la mía. La luz de la mañana nunca me ha favorecido. De hecho, por algún lado escuché que la única forma de conocer genuinamente a alguien es estar a su lado para cuando da las primeras palabras del día. Nunca me he sentido listo, ni creo poder estarlo en poco tiempo, para un detalle de esta magnitud. Con la mayoría de mis conocidos, he logrado controlar la situación. Dejo que crucen la puerta sólo alguno de ellos. A los que no, tampoco es que los desheche como asuntos ordinarios. De ser posible, les doy un recorrido por los jardines de los alrededores y, sino, por lo que considero algunos de los sitios más importantes de visitar. El problema está cuando me encuentro con visitas que no necesitan tocar la puerta para entrar. Esos son los que se salen del margen. Como no los puedo controlar, me armo de toda mi paciencia y, si ando de buenas, platicamos un par de horas. Luego me disculpo y pretendo ir a la cama aunque tanto ellos como yo sepamos que lo último que vendrá a mí es la tranquilidad que necesita la cabeza cuando se aligera para dormir. Cuando ando de malas, lo cual ha ocurrido durante los últimos días, solamente ignoro su presencia. No me molesto, siquiera, en ofrecerles algo de tomar. Vale decir que esta práctica ha disminuído efectivamente las visitas. Al menos, hasta esta última semana. Uno de estos visitantes se ha valido de un sentido distinto a la vista para hacerse presente en mi habitación. Resulta que ha dejado un trazo de olor en el camino que ocupa aproximadamente doce pasos para llegar desde la puerta de mi habitación hasta mi colchón. El olor es desagradable: una intensa mezcla de madera con sudor. Los dos primeros días que estuve consciente del fenómeno, decidí ignorarlo. Me sentía incapaz de asimilarlo. No fue sino hasta el día de ayer que dije algo al respecto. Lo dije en voz alta. Debo reconocer que cuando encontré no más que el recuerdo de aquel olor en m habitación, sentí la lejana caricia que es la decepción del corazón humano. El olor se ha desvanecido. Ahora no me queda más que la incisiva duda de saber si esta política de puertas cerradas es lo que realmente más me conviene.
jueves, 12 de noviembre de 2009
Callar al Demonio, saciar su sed
A pesar de lo ajustado, la falda de Dolores se deslizó por sus piernas sin mayor dificultad. Eran aproximadamente las cuatro de la mañana. Como cualquier otra noche, Dolores había salido con la única intención de enredarse en una situación tan compleja como la de esa madrugada. Estuvo platicando con personas medianamente conocidas hasta elevadas horas de la noche. De todas maneras, se trataba de pasar el tiempo con una copa y con una que otra boca que hablara. Cuando revisó su teléfono, se dio cuenta de la hora. Hace menos de dos meses conoció a un muchacho en un sitio que se conoce tanto por mantenerse abierto hasta horas no muy prudentes, como por permitir el consumo de cocaína. A Dolores nunca le había gustado la cocaína. Seguro, si la había probado. Pero, nunca se había considerado una experta en el tema. Esa noche le dio otra oportunidad. La suave luz del reflector bañaba el lado izquierdo de su cabello. Dolores parecía un fantasma. El muchacho se acercó a pasos aligerados. Decidió comenzar con una broma que ella no entendió. Lo invitó a tomar asiento. En menos de lo que Dolores decidió ordenar un whisky, él estaba acariciando la parte superior de su muslo derecho. Lo hacía de una forma tosca. No le importaba la mano de quién fuese, mientras fuera la mano de un hombre. La forma en la que lo hacía, era ya una nimiedad. El muchacho ofreció su casa. Por lo que decía, estaba cerca. Dolores había tomado un taxi para llegar al bar. Si tenía suerte, se ahorraría el taxi del regreso y este muchacho la llevaría a casa. Se detuvo. Lo pensó dos veces: ¿estaba dispuesta a perder el íntimo momento de dolor que es el regreso a su casa invadidad de olores que no son los de ella y empapada de caricias que no provienen sino de la noche? No, no quedaba duda. Tomaría un taxi de regreso a casa. La primera vez que entró a la casa de él, sintió unas intensas ganas de vomitar. Se contuvo y solicitó el tocador. A pesar de lo borroso del reflejo, pudo reconocer sin dificultad el trazo de sangre seca que se dibujaba sobre su labio superior. Si a él no le había importado, estaba bien. Lo dejó ahí. Desde muy pequeña, había tenido la extraña costumbre de dejar sus heridas a la vista. Para ella, observarlas era una compleja mezcla de placer y dolor. Mientras él estaba sobre ella, dirigía su mirada hacia el lado. Había algo trágico en la forma en que su brazo, pálido, rebotaba sin vida en aquel colchón. El muchacho le sugirió que se quedara a dormir. Ella no respondió. En el camino de regresó se dio cuenta que durante toda aquella travesía en ningún momento había visto los ojos de su verdugo. Le parecía tanto impersonal como necesario. Si quería mantener este hábito, tendría que recrearlo cuidadosamente. Al llegar a casa, se sirvió otro whisky. Dolores tenía veintitrés años. Desde que entró a lo que se conoce como la juventud, ha tenido un inmenso deseo por acabar con su vida. Como no puede hacerlo, la destruye por pequeños trozos. Sabía que este hábito acabaría con ella tarde o temprano. Pero, también sabía que se le hacía irresistible hacerlo. Bebió el último sorbo de whisky. Al posar la cabeza en la almohada, hizo un veloz recuento de todo lo que había hecho durante una sola noche. Una violenta tormenta de pesares se concentró en su pecho. Sólo así, con el corazón estrujado, conseguía dormir tranquila. La mañana siguiente tomaría una ducha larga. Quizá se arrepentiría de todo lo que acontenció la noche anterior, pero ella sabía bien lo difícil que era combatir el hambre voraz de la mujer -mitad mujer, mitad dragón- que llevaba dentro de sí. No sabía cuando terminaría todo esto. Mucho menos, cuánto era suficiente.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
Encuentre la única diferencia
1
Para haber sido un hombre cuerdo, Diego ocupaba demasiado tiempo en contemplar las nubes. Sus favoritos eran los días en los que la luz de la mañana componía a las nubes de manera robusta. Sino, también tenía especial aprecio por los días en los que el viento las barría y las dejaba despilfarradas por todo el cielo. No dejaba de observarlas sino hasta tener completa consciencia de sus detalles. Era un ejercicio tanto doloroso como placentero. Dolía por que así se estremece el corazón del hombre cuando observa algo que no se puede contener bajo los principios de este mundo. Regocijaba por que eso es lo que provoca la casi invisible caricia de lo inefable en el pecho. A Diego se le hacía imposible separar lo uno de lo otro. El ejercicio lo construía y destruía mil veces al día. Para cuando se vino a dar cuenta, Diego estaba muy enganchado a su hábito. No tenía intención de corregirlo.
2
Para haber sido un hombre foráneo, Diego ocupaba demasiado tiempo en el capricho de vivir las cosas de este mundo. Sus favoritas eran las sacudidas que provocaban las falsas emociones en su pecho. Sino, también tenía especial aprecio por todas aquellas sustancias que engañan al que sueña y apaciguan al que se queja. No dejaba de armarse de experiencias sino hasta tener colmadas todas aquellas exigencias del espíritu que él no sabía llenar. Era un ejercicio tanto doloroso como placentero. Placentero por que así es el fugaz instante en el que se cubre la boca del yo oscuro con la embriaguez del yo fantasma. Doloroso por que la luz del día sigue mostrando a las nubes como fehaciente prueba de lo que nunca escuchamos y lo que nunca seremos por cobardía. A Diego se le hacía imposible parar. El ejercicio aliviaba y lo retorcía mil veces al día. Para cuando se vino a dar cuenta, Diego estaba muy enganchado en su hábito. No tenía intención de corregirlo.
martes, 27 de octubre de 2009
Revelación
Esta mañana desperté a lo que resultó ser una revelación. Desde hace algún tiempo, mi hermano y yo hemos coincidido en algún lugar que existe entre sus sueños y los míos. En la infancia, tenía lógica que así fuera. Veníamos del mismo núcleo. Compartíamos la misma violencia. Por las noches, solíamos mirarnos a los ojos hasta quedar dormidos. Sonreíamos por que sabíamos que esa misma noche estaríamos jugando en un jardín que era de las mismas dimensiones que el que teníamos en casa pero que, para gloria nuestra, tenía un cielo que podía ser el mar o el infierno. Éramos muy unidos. Sin embargo, a medida fuimos creciendo, nuestros ánimos fueron formándose bajo diferentes luces. Él se acercó peligrosamente a la religión. Yo, al vacío. Nuestros encuentros nocturnos se volvieron menos frecuentes. De hecho, si sucedían, dejaban una huella poco reconocible en la memoria. Algo así como el eco de una voz que no se sabe si se ha escuchado o no. Algunas veces, reconocíamos el uno el otro la mirada invadida de complicidad que indicaba que habíamos estado horas atrás en un mismo lugar. Muchas veces un lugar prohibido. A pesar de esto, ninguno de los dos decía algo al respecto. Hasta esta mañana pensé que habíamos perdido nuestra conexión. No fue antes de que terminara de frotar mis ojos, cuando escuché la voz de mi hermano diciendo que había soñado conmigo. En su sueño, compartíamos un mismo cigarrillo que yo había encedido deliberadamente para provocar tentación en él. Antes de que terminara de relatarlo, su rostro se transformó hasta formar un gesto de extrañeza. No entendía la razón de mi sonrisa. Una sonrisa que implicaba cierta intención escondida. Después de que se retiró de la habitación, estuve pensando en nuevas maneras de fortalecer nuestro vínculo. Necesito hacerlo. Sin él, no puedo conocer todo aquello que nos ha sido arrebatado desde nuestro nacimiento. He decidido, como primer paso, visitarle más seguido. Para lograrlo, necesito poner toda mi fuerza en su espíritu. Aun si esto significa arrastrar a mi querido hermano hasta este lugar que irremediablamente es el vacío y que es donde yo habito.
domingo, 18 de octubre de 2009
No es la última pieza del dominó
Aveces siento que todo en mi vida es así. Pequeñas alegrías, pequeñas tristezas. Grandes homenajes. De cierta forma, es fácil de comprender el patrón conductual. Al no encontrar mérito en lo que está a mi alcance, creo la sensación a partir de una receta bien calculada. Lo que busco se asemeja a un vaivén. Uno acompañado de una especie de ensoñación. Curioso que lo ponga así, por que lo que más se necesita para conseguirlo es estar despierto. Consciente. A algunos, esto se los brinda las letras. Sino, la música. Hay otros —no sé si más o menos afortunados— que lo obtienen de alguien más. Del Amor, por ponerlo con palabras más exactas. También están lo que nunca lo consiguen y que nunca se han preocupado por buscarlo. Estos son más llanos. Pero, definitivamente viven más tranquilos. Yo he probado con varios de estos recursos. A todos los he agotado. Cuando pienso eso, me siento adelantado a mi edad. Pero, si profundizo, reconozco que siempre he sido muy precoz en materia de desesperanza. Sé que no debería. Después de todo, en muchas cosas aún soy un muchacho. En muchas que son importantes. Sino, me lo recuerdan los filmes. Los franceses y los viejos, sobre todo. En ellos, los protagonistas obtienen todo lo que han buscado poco después de la mitad de sus vidas. En este tema, los libros son una tortura. Los buenos y los que más logran calar en mí, son de hombres muy jóvenes. La violencia de la juventud es algo invaluable. Para tranquilizarme, observo que los autores que leo son hombres exepcionales. Genios. Hombres y mujeres de los cuales me separo abismalmente. Sí, si es una fortuna que no todo esté perdido. En este camino hay zonas de descanso. También hay trenes en los que aún no me he montado. Supongo que puedo decir que aún me falta por vivir. Lo agradezco. En el medio de toda esta desazón, me mantego firme en una sola cosa. Si la llama que lleva la vela que guardo en mi pecho ha conseguido mantenerse encendida, estamos hablando de milagros. Y aunque no me guste reconocerlo, es lo que me mantiene aferrado a la habitación en la que yo vivo.
-Gracias a Diego por rescatar, de una conversación, las tres primeras líneas de este texto.
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