Comenzó por la noche cuando, al salir de un terrible bar, la calle más convencional de la ciudad recibía la tenue luz de la madrugada empujada por el contagioso ritmo de una canción que fue un éxito en la década pasada. Continuó por la mañana cuando me desperté en una ciudad extranjera, que se visita por sus ruinas y sus bares, al sonido de una melodía avejentada que era exactamente la misma que decidimos, mi amor de verano y yo, escuchar cuando ella regresara del extranjero y nos citáramos en algún lugar. Luego vino el silencio y la consciencia de la soledad, pero no duró sino hasta que emergió el sonido sordo de San José y la invisible hamaca en la que se mecen miles de luces por la noche que uno alcanza a ver desde el privilegiado balcón del más pleno de mis amigos, el mismo que se las maneja para mandar abrazos en sobres de papel en los días que huí de mi casa acompañado de un muchacho que tiene la habilidad para tocar canciones modernas en un piano antiguo y que resultó antagónico al ruido de caer por las escaleras cuando, a mí y al amor, nos golpearon los rostros. Permaneció hasta el mediodía cuando cortando rodajas de tomate, la cocina se iluminó con el dulce timbre de voz de una madre que no era la mía, pero que consolaba como si lo fuera. Incluso apareció cuando mi oído reconocío la sensación acuosa de la fruta que tomo por las tardes y que es lo más parecido a mis pies blancos rompiendo la tranquilidad de la orilla del mar que nunca logré visitar a pesar de los planes. Con el té del ocaso, apareció como un compuesto de fresco olor y sonidos de acordeón que alguna vez llenó una habitación entera con la recopilación de canciones que mi padre cantó en su juventud y que son las mismas que nos aventurábamos a escuchar en las expediciones que en mi infancia parecían magníficos viajes y me enseñaron la dimensión del infinito. Persiste hasta esta noche, cuando al mirar sobre mis hombros descubrí una sola composición -suave, dulce, violenta, agresiva, sorda, castaña, embriagadora- que se escucha y se vive en un sólo día aunque cuente la historia de todo un año.
lunes, 26 de enero de 2009
miércoles, 21 de enero de 2009
Monólogo
—¿Estás ahí? Te pregunto yo.
—Apenas, te respondo yo.
—Bien. Qué linda la luz así de débil, ¿no? Difícilmente se vislumbra lo pronunciado de tus pómulos. Pero, siendo honesto, aún así te noto enfermo. Quizá muy pálido.
—Ya comenzas vos con tus engaños. ¿Qué tiene de linda esta oscuridad? ¿Qué se supone que hagamos en este abismo?
—No, no. Reformulá: ¿Qué se supone que vos hagás en esta oscuridad?
—Egoísta.
—No, no es eso. Es que yo, de esto, ya sé. Siempre he estado en lo oscuro. Vos sos él que es nuevo en todo esto.
—Sí, ya sé. Bueno, como sea, quiero regresar a la luz. ¿Por dónde se regresa?
—No sé. Desde que nacimos, yo fuí relegado a este lugar. No tengo idea de cómo es allá, mucho menos de su ubicación. Pero, no seás así, mejor quedate. Desde que estás acá me siento mejor. La oscuridad es menos densa y el corazón lo siento más ligero. ¿A vos no te pasa lo mismo?
—No. No me quiero quedar con vos. Sé con certeza que vos estás detrás de las pesadillas que no me dejan dormir.
—¿Cuáles?
—Vos sabés. No te hagás.
—(Con picardía) No, en serio, ¿cuáles?
—Esas que tratan del mar. De repente estoy de pie, frente al mar, con una arena gris y fría. El mar comienza a violentarse y, en menos de lo que uno puede gestionar un pensamiento, ya está frente a mí una masa de agua opresora. Todo está preparado para que me muera. ¿Me querés, acaso, matar?
—No. Quiero que vivás acá. Conmigo.
—¿Por qué me asustás entonces?
—Porque es la única manera de que me hagás caso. Traté de acariciarte la boca del estómago cuando leías poesía, traté de susurrarte nombres antiguos en el oído: hasta me disfracé con el manto oscuro de la noche y te invité a que me siguieras. Ninguna vez reconociste mi presencia.
—Es que esas cosas no me gustan. Vos sabés.
—Puesi, por eso mismo. Te conozco y sé que lo único que te provoca movimiento es el miedo.
—Cínico.
—Así soy yo. Así sos vos, también. Lo que pasa es que no sabés. Yo te he visto cuando tus ojos se envuelven de esa película viscosa al ver en las calles decenas de cuerpos apretujados, sudando, vulnerables.
—¿Y qué? Somos hombres, ¿no? Tenemos derecho al instinto.
—Tenemos derecho a perdernos en él, también. Vení más cerca. Te voy a dar un beso en los oídos para que podás escuchar todos los sonidos que te han prohibido allá arriba. Te voy a rozar los párpados con la punta de los dedos para que podás ver con el ánimo del hombre antiguo. Te voy a dejar ser la unidad y no una parte.
—¿Y qué tendría que hacer, pues?
—Primero, sacá de tu pecho el corazón y moldealo hasta hacerlo un pájaro rojo. Luego, abrí las palmas y dejalo volar en la oscuridad. ¿Entendiste?
—Sí.
—Allá va.
—Pero, mirá, ¿me prometés que ya no voy a soñar con el mar?
—Sólo si vos me prometés que te vas a quedar aquí, conmigo.
—Lo prometo.
—Bien. Te prometo que ya no vas a soñar con el mar.
—¿Y qué voy a soñar ahora?
—Vas a soñar conmigo.
—¿Y vos conmigo?
—No. Yo voy a soñar con tu corazón hecho pájaro.
—Apenas, te respondo yo.
—Bien. Qué linda la luz así de débil, ¿no? Difícilmente se vislumbra lo pronunciado de tus pómulos. Pero, siendo honesto, aún así te noto enfermo. Quizá muy pálido.
—Ya comenzas vos con tus engaños. ¿Qué tiene de linda esta oscuridad? ¿Qué se supone que hagamos en este abismo?
—No, no. Reformulá: ¿Qué se supone que vos hagás en esta oscuridad?
—Egoísta.
—No, no es eso. Es que yo, de esto, ya sé. Siempre he estado en lo oscuro. Vos sos él que es nuevo en todo esto.
—Sí, ya sé. Bueno, como sea, quiero regresar a la luz. ¿Por dónde se regresa?
—No sé. Desde que nacimos, yo fuí relegado a este lugar. No tengo idea de cómo es allá, mucho menos de su ubicación. Pero, no seás así, mejor quedate. Desde que estás acá me siento mejor. La oscuridad es menos densa y el corazón lo siento más ligero. ¿A vos no te pasa lo mismo?
—No. No me quiero quedar con vos. Sé con certeza que vos estás detrás de las pesadillas que no me dejan dormir.
—¿Cuáles?
—Vos sabés. No te hagás.
—(Con picardía) No, en serio, ¿cuáles?
—Esas que tratan del mar. De repente estoy de pie, frente al mar, con una arena gris y fría. El mar comienza a violentarse y, en menos de lo que uno puede gestionar un pensamiento, ya está frente a mí una masa de agua opresora. Todo está preparado para que me muera. ¿Me querés, acaso, matar?
—No. Quiero que vivás acá. Conmigo.
—¿Por qué me asustás entonces?
—Porque es la única manera de que me hagás caso. Traté de acariciarte la boca del estómago cuando leías poesía, traté de susurrarte nombres antiguos en el oído: hasta me disfracé con el manto oscuro de la noche y te invité a que me siguieras. Ninguna vez reconociste mi presencia.
—Es que esas cosas no me gustan. Vos sabés.
—Puesi, por eso mismo. Te conozco y sé que lo único que te provoca movimiento es el miedo.
—Cínico.
—Así soy yo. Así sos vos, también. Lo que pasa es que no sabés. Yo te he visto cuando tus ojos se envuelven de esa película viscosa al ver en las calles decenas de cuerpos apretujados, sudando, vulnerables.
—¿Y qué? Somos hombres, ¿no? Tenemos derecho al instinto.
—Tenemos derecho a perdernos en él, también. Vení más cerca. Te voy a dar un beso en los oídos para que podás escuchar todos los sonidos que te han prohibido allá arriba. Te voy a rozar los párpados con la punta de los dedos para que podás ver con el ánimo del hombre antiguo. Te voy a dejar ser la unidad y no una parte.
—¿Y qué tendría que hacer, pues?
—Primero, sacá de tu pecho el corazón y moldealo hasta hacerlo un pájaro rojo. Luego, abrí las palmas y dejalo volar en la oscuridad. ¿Entendiste?
—Sí.
—Allá va.
—Pero, mirá, ¿me prometés que ya no voy a soñar con el mar?
—Sólo si vos me prometés que te vas a quedar aquí, conmigo.
—Lo prometo.
—Bien. Te prometo que ya no vas a soñar con el mar.
—¿Y qué voy a soñar ahora?
—Vas a soñar conmigo.
—¿Y vos conmigo?
—No. Yo voy a soñar con tu corazón hecho pájaro.
domingo, 11 de enero de 2009
The Catcher in the Rye
"Anyway, I'm sort of glad they've got the atomic bomb invented.
If there's ever another war, I'm going to sit right in the top of it.
I'll volunteer for it, I swear to God I will."
The Catcher in the Rye, Cáp.18
If there's ever another war, I'm going to sit right in the top of it.
I'll volunteer for it, I swear to God I will."
The Catcher in the Rye, Cáp.18
Por aquellos días, quebrantar el círculo de tristeza que nos rodeaba resultaba una tarea no sólo demandante, sino también: inútil. Estábamos comprometidos con una corriente sombría que arrastraba nuestros pies por el suelo y envolvía todo con lo que interactuábamos de gris belleza: de una que no es posible palpar. Éramos hombres tristes y estábamos acostumbrados a serlo. Si se quiere ser más preciso: éramos cuasi-hombres, quizá reptiles; y lo que éramos, lo éramos mejor cuando esperábamos el automóvil de nuestros padres a las orillas del portón de entrada cuando la noche acaecía.
Las tardes eran necesariamente monocromáticas: las veíamos pasar frente a una ventana de gran tamaño que, a mi parecer, es una ventana que debería ser mejor vigilada en una institución educativa que no quiere poner en peligro el espíritu de sus jóvenes estudiantes. No importaba el día, siempre que se llegaban las cuatro de la tarde platicábamos de lo deplorable de nuestra condición, de lo afortunados que seríamos en tiempos venideros: de como, sólo Él, el tiempo, tenía la cura de nuestra agonía.
Comenzamos a desarrollar un particular gusto por la música, especialmente por aquella que tenía sonidos avejentados y voces rasposas. Visitamos, por vez primera, los bares que nos prohibieron, los que usualmente están en apuros: está de más decir que aquellos viajes terminaron de perder nuestras figuras que ya estaban adentradas en nuevos jardines. Nuestros padres debieron haberse preocupado por nosotros, debieron haber creído que estábamos al margen de convertirnos en esos compañeros suyos que eran ahora vagos ó alcohólicos de farmacia. O peor áun: pudieron haber creído que estábamos al margen de un tiro. Pero, no lo hicimos: no nos convertimos en los productos extraordinarios de su generación. Somos, ahora, otra cosa: un asunto de nuestro tiempo.
Éramos niños tristes. Lo éramos por que estábamos insertados en el incómodo vórtice de la juventud: el que nos prende en frenesí e inquietud. Ahora somos hombres: hombres de nuestro tiempo. Seguimos arrastrando algunos de los miedos de aquellos días; hemos logrado, al menos una sola vez, palpar la belleza que la tristeza envolvía. Tenemos planes por cumplir y aunque Él, el tiempo curador, no ha arreglado las cosas, entendemos que esta no es razón suficiente para volvernos alcohólicos o suicidas. Pero sobre todo, lo que más tenemos es aquellos días tristes y la capacidad de ver el mundo completo con un par de ojos que, si han sufrido tristeza, saben ver más allá.
Nota personal en referencia a la novela "The Catcher in the Rye" de J.D. Salinger.
Las tardes eran necesariamente monocromáticas: las veíamos pasar frente a una ventana de gran tamaño que, a mi parecer, es una ventana que debería ser mejor vigilada en una institución educativa que no quiere poner en peligro el espíritu de sus jóvenes estudiantes. No importaba el día, siempre que se llegaban las cuatro de la tarde platicábamos de lo deplorable de nuestra condición, de lo afortunados que seríamos en tiempos venideros: de como, sólo Él, el tiempo, tenía la cura de nuestra agonía.
Comenzamos a desarrollar un particular gusto por la música, especialmente por aquella que tenía sonidos avejentados y voces rasposas. Visitamos, por vez primera, los bares que nos prohibieron, los que usualmente están en apuros: está de más decir que aquellos viajes terminaron de perder nuestras figuras que ya estaban adentradas en nuevos jardines. Nuestros padres debieron haberse preocupado por nosotros, debieron haber creído que estábamos al margen de convertirnos en esos compañeros suyos que eran ahora vagos ó alcohólicos de farmacia. O peor áun: pudieron haber creído que estábamos al margen de un tiro. Pero, no lo hicimos: no nos convertimos en los productos extraordinarios de su generación. Somos, ahora, otra cosa: un asunto de nuestro tiempo.
Éramos niños tristes. Lo éramos por que estábamos insertados en el incómodo vórtice de la juventud: el que nos prende en frenesí e inquietud. Ahora somos hombres: hombres de nuestro tiempo. Seguimos arrastrando algunos de los miedos de aquellos días; hemos logrado, al menos una sola vez, palpar la belleza que la tristeza envolvía. Tenemos planes por cumplir y aunque Él, el tiempo curador, no ha arreglado las cosas, entendemos que esta no es razón suficiente para volvernos alcohólicos o suicidas. Pero sobre todo, lo que más tenemos es aquellos días tristes y la capacidad de ver el mundo completo con un par de ojos que, si han sufrido tristeza, saben ver más allá.
Nota personal en referencia a la novela "The Catcher in the Rye" de J.D. Salinger.
domingo, 4 de enero de 2009
Lo infinito
Debí de haber tenido apenas siete años cuando tuve, por primera vez, la sensación de recibir un golpe frío en el estómago al entender algo de dimensiones magníficas. Recuerdo la marea lejana bañando tímidamente la plancha de arena que mi padre y yo pisábamos mientras nos preparábamos para incursionar nuestra aventura a la mar. El mar es de las pasiones más grandes y antiguas que mi espíritu registra en sus entrañas. Todo acerca de él tiene un encanto abrasador. El camino, visto ahora desde estos años, es una secuencia de fotografías viejas teñidas de un color castaño; la misma, se ve interrumpida por pasajes de oscuridad, producto de la entrada en alguno de los cuatro túneles que se deben atravesar para llegar a la playa de mi infancia. Mi papá insistía en poner su música que es, ahora, la que pongo automáticamente al sentir que el automóvil se está deslizando de una forma hermosa enmedio de la luz del mediodía. En fin, estando de pie ahí perdí la mirada en el horizonte y aprecié todo aquello hasta inflar mi ánimo como nunca antes lo había hecho. Debí haber apretado la mano de mi padre, cuando le pregunté "¿El mar se va acabar algún día?" El miedo de perderlo todo acechaba mi tórax infantil. Mi padre no tomó mucho tiempo en responder con seriedad: "Javier, el mar nunca se termina".La noción de lo infinito es, desde mi punto de vista, uno de los fenómenos que obligatoriamente debe descubrir el hombre. Sin ella, el espíritu enflaquecería y le sería arrebatada la gloriosa cualidad que tiene de elevarse por encima de lo cotidiano para hacer y deshacer a su gusto. En mi caso, siempre me esfuerzo por visitar la playa. Aún no lo hecho a la playa de mi infancia; pero, la playa de mi juventud está llena de impetuosidad burbujeante, en sus inicios, que de lograr pasarla se transforma en una masa acuífera que envuelve el cuerpo y mece en un vaivén muy peculiar. Es la playa de mi juventud la que casa perfecto con estos tiempos de movimiento, de violentos arranques, que si uno sabe cruzar con sutileza se transforma en un espíritu antiguo con la serenidad de la infinitud en una sola mirada.
Es la playa de mi juventud la misma que me oprimió en la noche, en terribles tempestades; y con la que logré hacer la paces y mantener un solo diálogo diplomático en el jardín: ella, la noche y yo.
sábado, 20 de diciembre de 2008
Ella, la sin quebranto
Para ella, una extraña mezcla de abuela y madre
Fue por la tarde de un soleado tres de enero, mientras servía más jugo de tomate del que un vaso mediano, lleno hasta tres cuartas partes de vodka, podía contener; cuando Olga sintió un dolor fugaz en su pecho que, férrico, atravesería todo su cuerpo hasta hacerle sacudir los hombros con extrañeza. Sentada en su sala, la luz, ya anaranjada, adornaba los hermosos grabados que su madre había insistido en conseguirle, a ridículos precios, con un tal Don Rogelio que se aprovechaba de esas jugosas comisiones para comprar suficiente cocaína para él y su amante de diecinueve años, en la calle aledaña al motel que a Doña Marta, la madre de Olga, le ocasionaba un primitivo escalofrío cada vez que manejaba cerca de la zona. A lo lejos, Olga lobraba distinguir el apagado llanto del segundo de sus hijos, Carlos; pero, su estricta manía de tomar dos bloody mary diarios antes y después del almuerzo que ella no preparaba, le imposibilitaba sacarse del pecho el instinto materno y acercarse al umbral de la puerta que anunciaba una habitación demasiado grande e imponente para un niño que ese mismo día cumplía el año de nacido. Sumergida en sus pensamientos, daba los últimos sorbos al cocktail, cuando sintió las secuelas de la impresión que hizo que ahora, los azulejos blancos de la barra desayunadora, se encontraran manchados de un torpe puré rojizo. Miró el reloj de marco negro con peculiar atención y recordó que su marido tampoco llegaría esa noche, lo cual casaba perfecto con el plan de invitar al Ingeniero Íbañez a unos tragos al inicio de la noche. La excusa era perfecta: el pobre hombre, trabajando temprano desde la siete hasta las cinco, necesitaba un descanso del prestigioso proyecto de oficinas que se construía a sólo seis casas de su residencial. Después de todo, Aurelia, su compañera de clases de italiano, se lo había recomendado por ser un hombre respetable con una sola esposa en toda su carrera y dos hermosos niños que ella había calificado de encantandores en la comunión de su hijo mayor, Rafael. No fue antes de acabar su segundo trago, cuando la sensación de inminencia la envolvió totalmente: el vaso que sostenía en sus delgadas y blancas manos, que revelaban su incapacidad de sostener emociones nobles, cayó al suelo estrepitosamente, las paredes de la sala se abalanzaron violentamente al centro, a los lejos se oyeron piezas de cristales cayendo sobre el suelo y el llanto del niño se extinguió. A las cuatro de la tarde, el centro de la ciudad había sido sacudido por un terremoto de escala 7,5 Ritcher. Olga subió con el corazón acelerado al cuarto del bebé y le limpió, de la boca y los ojos, el polvo que había caído de las esquinas de la pared. Por la ventana alcanzó a ver una nube de polvo que envolvía toda la zona hasta sus rodillas. Su corazón estaba oprimido.
Besó al niño en la frente y decidió prepararse, sólo por esta vez, un tercer trago. Exigió a Amelia , la empleada de la casa, que comenzara la tarea de limpieza. Amelia, llorando desconsoladamente, tomó la escoba y apiló los escombros. La casa tenía que estar nítida para cuando Olga invitara al Ingeniero Íbañez a tomar unos cócteles para que se le pasara el susto.
Besó al niño en la frente y decidió prepararse, sólo por esta vez, un tercer trago. Exigió a Amelia , la empleada de la casa, que comenzara la tarea de limpieza. Amelia, llorando desconsoladamente, tomó la escoba y apiló los escombros. La casa tenía que estar nítida para cuando Olga invitara al Ingeniero Íbañez a tomar unos cócteles para que se le pasara el susto.
viernes, 12 de diciembre de 2008
Sobre el Amor y el amor
No, nos culpen.
El ánimo del ser humano es necesariamente inquieto. Lo que somos, lo somos con un traje frágil muy pequeño para nosotros: nos vemos obligado a buscar algo más. Sin embargo, el error trascendental está en buscar ese algo más en los moldes obsoletos que nos imponen las circunstancias de una sociedad, en promedio, mediocre. Nos entran por los ojos, por la boca, por la piel y la mayoría de veces buscan morada en el corazón que es donde se arropan con los pliegues de nuestro mejor yo y se acomodan para aletargarnos hasta que sea muy tarde para hacer algo al respecto.
Las pláticas que tenemos varían, en un principio, de acuerdo a los eventos previos; pero, con el paso del tiempo —y principalmente: de las bebidas— giran violentamente alrededor del mismo vórtice: nuestros ojos se llenan de un encanto adorable; nuestras bocas, de una baba viscosa. Para este momento, estamos discutiendo sobre al amor. A medida la emoción se disipa, nuestras voces pierdan la armoniosa composición para dar paso a una pesadumbre y es entonces cuando notamos que por más amor que se sirva con los cócktails, nuestras copas están vacías. Vacías, las manos; vacíos, nosotros.
Que no quede duda: el lugar que le damos al Amor, es el adecuado. El irresistible soplo divino que lleva al corazón humano a otra condición, envolviéndole, transformándole, haciéndole más. Pero nosotros hemos puesto en la mesa el mapa equivocado. Las rutas que aparecen en este papel muy moderno para el Amor, nos ofrecen, en cambio, una ciudad en blanco y negro, inundada con vestidos cortos y perfumados que, coquetos, se levantan con viento artificial. Sino, tenemos la ciudad de las películas, donde el amor es violento y reconoce los defectos de los amantes; para que, paso seguido, se lleven entre lágrimas y risas a una cama con sábanas impecables que lucen de la misma manera, incluso después del coito animal. Estamos en la búsqueda de otro amor. Del amor de los sentidos. El más fácil de encontrar, el más fácil de vivir, el más fácil de perder.
Compadézcannos. Nos conformamos con este amor no por el placer sensorial que implica; sino, por cubrir, de cualquier manera, una deficiencia más grave aún. Nuestros corazones tienen hambre. El delirio interno nos obliga a montar intentos necios que son un puñado de relaciones cortas, vacías, destructivas y sobre todo: dolorosas. A pesar de mantenernos despiertos con esta ilusión pasajera, nos toca lidiar con el dolor de la desilusión: la congoja que resulta de engañarnos a nosotros mismos con una mentira que sabe, en el paladar, justamente como quería nuestras bocas.
Como dije al principio: no nos culpen. Nos tomó un buen trozo de tiempo reconocer que nuestro corazón se encuentra famélico. Nos tomará, quién sabe cuanto tiempo más, reconocer que lo que quieren el corazón no es más que comer más de sí mismo. Hasta entonces, se nos verá protagonizando lindas películas con lindas actrices o intensos episodios en televisión que desbordan en lujuria.
Hasta entonces, se nos verá llorando tras bambalinas.
El ánimo del ser humano es necesariamente inquieto. Lo que somos, lo somos con un traje frágil muy pequeño para nosotros: nos vemos obligado a buscar algo más. Sin embargo, el error trascendental está en buscar ese algo más en los moldes obsoletos que nos imponen las circunstancias de una sociedad, en promedio, mediocre. Nos entran por los ojos, por la boca, por la piel y la mayoría de veces buscan morada en el corazón que es donde se arropan con los pliegues de nuestro mejor yo y se acomodan para aletargarnos hasta que sea muy tarde para hacer algo al respecto.
Las pláticas que tenemos varían, en un principio, de acuerdo a los eventos previos; pero, con el paso del tiempo —y principalmente: de las bebidas— giran violentamente alrededor del mismo vórtice: nuestros ojos se llenan de un encanto adorable; nuestras bocas, de una baba viscosa. Para este momento, estamos discutiendo sobre al amor. A medida la emoción se disipa, nuestras voces pierdan la armoniosa composición para dar paso a una pesadumbre y es entonces cuando notamos que por más amor que se sirva con los cócktails, nuestras copas están vacías. Vacías, las manos; vacíos, nosotros.
Que no quede duda: el lugar que le damos al Amor, es el adecuado. El irresistible soplo divino que lleva al corazón humano a otra condición, envolviéndole, transformándole, haciéndole más. Pero nosotros hemos puesto en la mesa el mapa equivocado. Las rutas que aparecen en este papel muy moderno para el Amor, nos ofrecen, en cambio, una ciudad en blanco y negro, inundada con vestidos cortos y perfumados que, coquetos, se levantan con viento artificial. Sino, tenemos la ciudad de las películas, donde el amor es violento y reconoce los defectos de los amantes; para que, paso seguido, se lleven entre lágrimas y risas a una cama con sábanas impecables que lucen de la misma manera, incluso después del coito animal. Estamos en la búsqueda de otro amor. Del amor de los sentidos. El más fácil de encontrar, el más fácil de vivir, el más fácil de perder.
Compadézcannos. Nos conformamos con este amor no por el placer sensorial que implica; sino, por cubrir, de cualquier manera, una deficiencia más grave aún. Nuestros corazones tienen hambre. El delirio interno nos obliga a montar intentos necios que son un puñado de relaciones cortas, vacías, destructivas y sobre todo: dolorosas. A pesar de mantenernos despiertos con esta ilusión pasajera, nos toca lidiar con el dolor de la desilusión: la congoja que resulta de engañarnos a nosotros mismos con una mentira que sabe, en el paladar, justamente como quería nuestras bocas.
Como dije al principio: no nos culpen. Nos tomó un buen trozo de tiempo reconocer que nuestro corazón se encuentra famélico. Nos tomará, quién sabe cuanto tiempo más, reconocer que lo que quieren el corazón no es más que comer más de sí mismo. Hasta entonces, se nos verá protagonizando lindas películas con lindas actrices o intensos episodios en televisión que desbordan en lujuria.
Hasta entonces, se nos verá llorando tras bambalinas.
lunes, 8 de diciembre de 2008
El puerto
El asunto va así: para el final del año que tomó lugar antes de este, el barco en el que yo iba montado se adentró en aguas peligrosas. El color de la mar tenía que haber sido negro y, lejana la luna, apenas iluminaba lo suficiente para confirmar, con temor, lo anterior. Con el paso de los días, el mar adquirió un comportamiento caprichoso y era, para toda la tripulación en mi barco, claro que nos encontrábamos frente a una tempestad. En este momento aclamé como mía la nave: me aferré al timón con dureza y con toda la rabia del mundo no le dejé suelto. Para mediados de este año, logré salir de la tempestad vivo y acogiendo, como mío, el barco. Pensaba que todo estaba resuelto y me sentía orgulloso de haber conquistado el mar abierto. Como todo hombre yo también sufro del síndrome de endiosamiento y recordar que proclamé al cielo abierto la conquista del caprichoso manto de agua en el que apenas y nos movemos torpemente, resulta un ejercicio avergonzante. La mar nunca fue mía. La conquista fue del tiempo.
Fue cuando mi barco y yo nos hundimos en una tranquilidad sofocante, cuando comenzamos a escindir uno del otro. Sin rumbo, sediento y triste mi barco perdió a su capitán. Así se fue el tiempo y me encontré en algún rincón del barco sin reconocer, siquiera, el más ligero movimiento de este. Con la llegada del último cuarteto de meses, el viento se tornó azul y sopló por mi quijada anunciando lo que siempre anuncia en estos días. Tomé asiento, estudié el mapa y supe que el barco y yo somos una misma cosa: navegando un sólo mar azul. Tomé posesión de la capitanía y, juntos, navegamos a la deriva.
Fue sólo así como logramos llegar a este lugar. Ahora, cerca del fin del año, mi barco tiene puerto. Hemos decidido arribar en este hermoso lugar en donde el cielo es una bóveda que, de día, tiene un sol gentil que se deja cubrir por nubes robustas y que, de noche, muestra una suave sábana estrellada con la que se permite soñar con los años que vienen. Debajo de nosotros una inmensidad en tonos azules: lo suficientemente salvaje para llevarnos hasta tierras desoladas; pero, también, de vez en cuando una amable corriente que permite reconocer el viento acariciando el rostro.
Mi puerto es la mar.
Mi barco y yo somos viajeros.
Fue cuando mi barco y yo nos hundimos en una tranquilidad sofocante, cuando comenzamos a escindir uno del otro. Sin rumbo, sediento y triste mi barco perdió a su capitán. Así se fue el tiempo y me encontré en algún rincón del barco sin reconocer, siquiera, el más ligero movimiento de este. Con la llegada del último cuarteto de meses, el viento se tornó azul y sopló por mi quijada anunciando lo que siempre anuncia en estos días. Tomé asiento, estudié el mapa y supe que el barco y yo somos una misma cosa: navegando un sólo mar azul. Tomé posesión de la capitanía y, juntos, navegamos a la deriva.
Fue sólo así como logramos llegar a este lugar. Ahora, cerca del fin del año, mi barco tiene puerto. Hemos decidido arribar en este hermoso lugar en donde el cielo es una bóveda que, de día, tiene un sol gentil que se deja cubrir por nubes robustas y que, de noche, muestra una suave sábana estrellada con la que se permite soñar con los años que vienen. Debajo de nosotros una inmensidad en tonos azules: lo suficientemente salvaje para llevarnos hasta tierras desoladas; pero, también, de vez en cuando una amable corriente que permite reconocer el viento acariciando el rostro.
Mi puerto es la mar.
Mi barco y yo somos viajeros.
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