lunes, 8 de diciembre de 2008

El puerto

El asunto va así: para el final del año que tomó lugar antes de este, el barco en el que yo iba montado se adentró en aguas peligrosas. El color de la mar tenía que haber sido negro y, lejana la luna, apenas iluminaba lo suficiente para confirmar, con temor, lo anterior. Con el paso de los días, el mar adquirió un comportamiento caprichoso y era, para toda la tripulación en mi barco, claro que nos encontrábamos frente a una tempestad. En este momento aclamé como mía la nave: me aferré al timón con dureza y con toda la rabia del mundo no le dejé suelto. Para mediados de este año, logré salir de la tempestad vivo y acogiendo, como mío, el barco. Pensaba que todo estaba resuelto y me sentía orgulloso de haber conquistado el mar abierto. Como todo hombre yo también sufro del síndrome de endiosamiento y recordar que proclamé al cielo abierto la conquista del caprichoso manto de agua en el que apenas y nos movemos torpemente, resulta un ejercicio avergonzante. La mar nunca fue mía. La conquista fue del tiempo.

Fue cuando mi barco y yo nos hundimos en una tranquilidad sofocante, cuando comenzamos a escindir uno del otro. Sin rumbo, sediento y triste mi barco perdió a su capitán. Así se fue el tiempo y me encontré en algún rincón del barco sin reconocer, siquiera, el más ligero movimiento de este. Con la llegada del último cuarteto de meses, el viento se tornó azul y sopló por mi quijada anunciando lo que siempre anuncia en estos días. Tomé asiento, estudié el mapa y supe que el barco y yo somos una misma cosa: navegando un sólo mar azul. Tomé posesión de la capitanía y, juntos, navegamos a la deriva.

Fue sólo así como logramos llegar a este lugar. Ahora, cerca del fin del año, mi barco tiene puerto. Hemos decidido arribar en este hermoso lugar en donde el cielo es una bóveda que, de día, tiene un sol gentil que se deja cubrir por nubes robustas y que, de noche, muestra una suave sábana estrellada con la que se permite soñar con los años que vienen. Debajo de nosotros una inmensidad en tonos azules: lo suficientemente salvaje para llevarnos hasta tierras desoladas; pero, también, de vez en cuando una amable corriente que permite reconocer el viento acariciando el rostro.

Mi puerto es la mar.

Mi barco y yo somos viajeros.