lunes, 23 de noviembre de 2009

Extender las horas del día

Aunque haya quedado atrás, cada uno de nosotros recuerda el momento en el que finalmente nos reconocimos unos a otros. Por supuesto que no fue grato. Éramos muchos en un espacio que, al final de cuentas, nos quedaba muy pequeño. Fue por la noche. Tenía que ser así. Por la noche guardábamos silencio. Algunos, por cansancio. Otros, por contemplar la siniestra quietud que la caracteriza. Una vez fueron apareciendo todos los ojos que se resguardaban en una misma habitación, comenzó la guerra. Nos hicimos añicos. Hasta que fuimos mucho menos que uno solo, pudimos comenzar desde el inicio. Nos reconciliamos. Nos dimos las manos. No tocamos los labios. Besamos las palabras del uno y del otro. De una manera difícil de explicar, nos volvimos más. No exactamente más fuertes. Sino, lo contrario. Éramos una amalgama inseparable: toda ella al margen del más sútil de los movimientos. Nos declaramos hijos de la noche. En la crueldad de la noche, se podía identificar un llanto, como himno, que subía por las paredes y se disipaba con la oscuridad.
El tiempo ha sabido dejar huella. Seguimos unidos en esta contienda. Ahora nos enriquecemos de la luz. No de cualquiera, sino de la que rebota de las hojas y las ventanas de los edificios después de que el día ha cedido al sacrificio del mediodía. En materia de estas cosas, somos unos niños. Apenas y hemos aprendido a vernos los rostros bajo esta cortina castaña que nos presta esos meses del año que, de manera apresurada, se dejan caer por los rascacielos. La noche no ha perdido su encanto. En todo caso, se ha revestido del mismo. Nuestra comunión comienza por las tardes. Nuestra muerte, por las noches. Nuestra única habitación sigue siendo muy pequeña. Con la gran diferencia que ahora no nos sofocamos hasta morir. Extendemos nuestras extremidades hasta asfixiarnos con la dulzura del que pone toda su voluntad del lado del exterminio.
Y en este eterno sacrificio, se nos va la vida entera.